domingo, 8 de julio de 2018

de puro curda


Ahora los ve desde la terraza. Están en la esquina, sentados en una escalera, viendo pasar la vida de los demás. Tal vez piensen en todo lo que no tienen. Todo el mundo piensa en lo que no tiene, pero no se sabe en qué piensa Claudio.
Habla a los gritos. Sonríe casi todo el tiempo y mueve las manos. Tiene varios botones de la camisa desabrochados. Mientras él habla el resto no dice nada: uno tiene la cabeza entre las rodillas, otro está apoyado contra unas rejas, otro está acostado al lado de un perro, otro está parado a su lado y parece como si se riera de un chiste viejo que ya nadie recuerda.
Claudio se para, se vuelve a sentar, saluda a un vecino, se vuelve a parar, camina, baja las escaleras, piropea a dos mujeres que pasan por la vereda de enfrente, sube las escaleras, va hasta donde está otro, le saca el vino que tiene en la mano y recién ahí –cuando toma del pico- deja de hablar.
Hace muchísimo calor. La piel de Claudio es marrón y brilla. Baja las escaleras secándose la traspiración de la frente con la manga de la camisa. A cada uno que pasa le grita jefe o maestro. Algunos se dan vuelta, algunos hasta frenan, otros apuran la marcha. Claudio les pide un cigarrillo, alguna moneda. A los que paran les cuenta cosas del barrio y de su vida. Les habla de sus hijos, de cómo cantaba el Polaco. Cada tema lo termina con un saludo, da la mano y antes de soltarla ya está hablando de otra cosa. Algunos se aguantan dos o tres, otros se quedan varios minutos escuchándolo.
Cuando fuma habla menos. Disfruta el momento pero una vez que termina cada cigarrillo lo olvida y repentinamente renace la urgencia de conseguir otro. En su lógica de pensamiento tabaquero no hay nostalgia, no existe el fue lindo mientras duró. Siente el placer en el momento, ni antes ni después. Sólo sería feliz con un cigarrillo eterno.
Claudio está pisando la colilla del cigarrillo que acaba de fumar cuando pasa un policía. Le dice: no tomo más, oficial, dejé el alcohol hace un minuto. El policía sigue caminando. No lo mira, ni siquiera gesticula. Claudio le pide un cigarrillo a un tipo de bigotes pero el tipo le dice que no tiene. Después pasa una pareja, también les pide un pucho y los dos contestan casi al mismo tiempo “no fumamos”. Tal vez en este momento por la cabeza de Claudio pase un pensamiento que tenga que ver con la fugacidad de la vida o con el turismo en Buenos Aires o con el color de las rejas de los balcones o con la forma corporal que adquirimos al caminar en verano o con que estamos perdidos como humanidad. Pasa un pibe con una mochila. Le da un cigarrillo. Después le da fuego. Claudio no le dice “gracias, pibe con una mochila”. Solo le dice “gracias”. El pibe con una mochila le dice “de nada, nos vemos”. Y Claudio responde: “y si no nos vemos vamos al oculista”. El pibe se va sonriendo.
Ustedes son buena gente, les dice después a un grupo de amigos. Me doy cuenta en seguida por su mirada. El verdadero DNI no es el que guardamos en la billetera, el verdadero DNI está acá (y se señala los ojos). A veces señala a alguno, se pone serio y le dice alguna verdad. Pero enseguida se pone a cantar un tango y entonces todo lo otro se disemina. Es lo contrario a un programa de televisión pero sería un gran programa de televisión. Esas charlas son más parecidas al cigarrillo que ahora se prende para seguir hablando con el grupo de amigos. La brasa es la intensidad, el motor, lo profundo que no tarda en convertirse en humo y en ceniza. Tal vez por la cabeza de Claudio ahora pasa esa idea y no le gusta. Entonces saluda a los jóvenes, que le llenan las manos de monedas, y se va caminando. Cruza a la vereda de enfrente. Llega el colectivo y se sube.

Desde la terraza Arthur escucha casi todo lo que dicen pero lo que hablan dos de los que están sentados en un rincón, en uno de los últimos escalones es casi imposible de oír. Tal vez ni siquiera ellos, que están uno al lado del otro, se escuchan. Uno de esos dos deja de hablarle al otro y de una bolsa que tiene al lado de su pie derecho saca un par de zapatillas. Las tira a la vereda, lejos de la escalera. Uno que estaba parado con el vino en la mano baja las escaleras y las agarra y se sienta en el primer escalón. Después de unos minutos el que las había tirado se acerca al que las agarró, le dice algo y el otro se las devuelve. El tipo se va a sentar al mismo lugar que antes. Y pone las zapatillas en la misma bolsa que antes. Justo ahí llega Claudio, aparece como si un mago hubiese hecho un truco, y le da un billete de cinco, diez, cincuenta (desde la terraza no se ve) al tipo de las zapatillas en la bolsa.
Claudio vuelve a bajar las escaleras y se pone a cantar. Canta un tango súper conocido. Y actúa. Y a veces intenta bailar: pone una mano en su panza, el otro brazo lo sostiene en el aire. Baila con una pareja imaginaria pero se interrumpe, deja de cantar y bailar, cuando pasan dos pibas y un pibe. Se pone a hablar con ellos. Sólo se escuchan algunos gritos y risas de Claudio. Una de las pibas le dice algo al pibe y éste se va. Quedan las dos pibas con Claudio. Siguen hablando. Claudio les da la mano por lo menos cuatro veces a cada una. Una de las pibas le da varias monedas. Después se van y Claudio grita: siempre hay un roto para un descocido (y se queda repitiendo la frase).
Aparece un tipo de unos cincuenta años con un perro. Cuando ve a Claudio lo saluda con un abrazo. Hablan de la cajera del supermercado Día, pero no se escucha bien qué dicen. Por primera vez Claudio habla bajo. En realidad el que más habla al principio es el tipo del perro. Y eso también es raro. Claudio escucha atento y en algún momento le da un consejo que alguna vez le dio a él su hijo del medio, el Farra. Empieza con el consejo, después dice: el Farrita es el intelectual de la familia. Después dice que es el tipo más sensible y cariñoso que conoce. Después le cuenta que esas zapatillas que tiene puestas se las regaló el Farra. Y después vuelve a repetir el consejo. En ese momento Claudio ve venir a una mujer y despide al tipo, que le dice “cuidate” y Claudio contesta: pero por supuesto. La mujer es una vecina que lo conoce. Lo saluda con un beso. Le pregunta cómo anda. Ella le dice Claudio y él le dice Reina. Ella saca algo de una bolsa y se lo da. Parece comida envuelta en papel gris. También le da algo de plata. Cuando se van, cada uno por su lado, ella le dice: nos vemos y si no nos vemos vamos al oculista. Claudio sonríe y dice “exactamente. Pero vamos juntos al oculista”. Y ella, que tal vez aprecie la genialidad de la respuesta de Claudio, se va riendo.
Claudio vuelve a la escalera, donde están los otros. Parece como si se hubiera quedado pensando en algo, pero no se sabe en qué. Cuando sube los primeros escalones se pone a cantar un tango de Alfredo Belusi.

sábado, 21 de enero de 2017

humedad

Y se lo traga el tiempo, la tierra, la gran inundación de la memoria
 “Fotos”, R. Walsh


En el departamento la humedad es incontrolable. El otro día fue el plomero por octava vez en los últimos seis meses. Una de las paredes del living, la que da al baño, parece tener vida propia. Empezó con una mancha medio verde en un rincón. Después esa mancha comenzó a agrandarse y de ella a salir como burbujas de pintura. Al principio Arthur se negaba a ver la expansión. Se mentía a sí mismo diciéndose, primero, que la pared se manchó porque alguien se había apoyado y, después, cuando asumió que era de humedad, cada vez que la veía la tocaba y se trataba de convencer de que se estaba secando, que había que esperar.
La pared se llenó de aureolas amarillentas y rugosas. Arthur se encargó de pintar esa pared y otras partes de la casa que estaban afectadas por la humedad. Peor. La pintura anti-humedad que le recomendó el plomero pareció darle más fuerza al monstruo que vive dentro de su pared.
No sabe por qué la pared cambia de aspecto. Lo que sí sabe, lo que poco a poco fue aprendiendo es que tiene un estilo propio, que le atrae, lo perturba. Piensa en eso todos los días. A veces se queda mucho tiempo mirando la pared y los pedazos de pintura que se van cayendo al piso. Ahora siempre nota los avances, nuevos colores y formas. Se fija en los detalles mínimos. Es como una obra de arte que cambia constantemente. Como un fondo de pantalla con autonomía.
Arthur, en algún momento fue del todo consciente, le tomó un cariño irreversible a su pared llena de humedad. Poco a poco, fue regando una certeza que crecía en su interior: la pared le estaba queriendo decir algo.
Un lunes o jueves, cuando Arthur salió a comprar verdura a la feria, se encontró con un cartel en la puerta que decía “Sr. Arturo: soy Elisa, la vecina de abajo, necesito hablar con vos. Es urgente”. Arthur lo arrancó indignado, volvió a su departamento y lo dejó en una mesa donde se acumulaban mensajes parecidos. El consorcio terminó mandando otra vez al plomero y Arthur en vez de bajar a hablar con la vecina se enteraba las cosas por él. Hablaba mucho con el plomero. De entrada, a partir de algunos comentarios, coincidieron en algunos gustos cinematográficos y eso bastó para hablar de cualquier otra cosa. Comentaban viejos partidos de fútbol, se pasaban consejos gastronómicos, hablaban bien de algunos animales y mal de las mismas personas. Si la primera vez que se vieron hubiese sido en un bar y no en la puerta de la casa de Arthur, uno trabajando y el otro sin ganas de recibir a nadie, tal vez ahora estuviésemos hablando de mejores amigos. Pero no. El plomero comentaba algo de la pared, de los rumores del edificio, de cuánto salía una llave inglesa. Arthur hablaba de lo caro que está todo y ambos empezaban a hablar de economía. Así pasaban los minutos, las horas y los temas. Y así Arthur se enteraba todo lo que decían los vecinos de él.
Abajo vive una viejita que un día después de dejar el décimo mensaje en la puerta de Arthur festejó sus 89 años. Arthur estaba fumando en la ventana del living cuando escuchó cómo los familiares le cantaban el feliz cumpleaños. Eran las 3 o las 4 de la tarde y Arthur, entre pitada y pitada, se daba vuelta a mirar la pared con humedad. En un momento sintió algo parecido a la compasión y decidió llamar al plomero. Pero no le atendió nadie. Entonces fue hasta la mesa en la que se acumulaban los mensajes recriminatorios. Fue agarrando papel por papel y armando avioncitos. Trazó una línea imaginaria en algún lugar del piso y se puso a lanzarlos. Cuando ya no le quedaban más por tirar caminó unos pasos cautelosos, como un gigante en una pista de aterrizaje, y agarró el avión que había aterrizado más cerca de la línea imaginaria. Abrió el papel y leyó: “Sr Vecino: por favor deje entrar al Plomero. Las goteras son cada vez más, tengo 3 baldes en el living y 2 en el baño. Elisa (su vecina)”. Arthur escuchó risas que venían del departamento de abajo. Volvió a armar el avioncito y lo tiró con más bronca que técnica. La aeronave planeó, hizo un rulo, dobló bruscamente hacia la derecha y se estrelló contra la mancha de humedad de la pared.
Varios días después de eso tocó el timbre el plomero. Arthur sabe que hay dos bandos. También está convencido no sólo de que él está del lado de los buenos sino de que los otros están confundidos. Pero de lo que no es del todo consciente tal vez sea lo más importante: que tiene la fortuna de percibir la poesía en lo cotidiano, que encuentra la belleza en cosas aparentemente intrascendentes. Cuando Arthur abrió la puerta cayó un papel doblado en dos que alguien había dejado incrustado entre la puerta y el marco. De entrada, el plomero comenzó a contar que lo mandaba el administrador, que a la señora de abajo le gotea el techo, mientras Arthur agarraba el papel del piso y lo dejaba sobre la mesa. Después de dar muchas vueltas esa vez el plomero le dijo que había que poner pastina en el baño, entre los azulejos. Arthur le mintió asegurándole que eso ya lo había hecho pero el tipo le contestó que había que hacerlo bien. Ahí la cosa se puso medio tensa. Arthur se sentía incómodo en su propia casa. Pensó en la posibilidad de que el tipo que tenía en frente no era plomero sino alguien que venía a apretarlo. Sólo podía pensar en que no podía creer que habían logrado llenarle la cabeza también al plomero. Decidió continuar con su actitud sumisa. Pensó “mercenario, mercenario, mercenario” pero no lo dijo. Aseguró con tono amigable que iba a contratar a alguien para que pusiera nuevamente pastina en el baño.
Después de esa vez el plomero no volvió más. En cambio, desfilaron cualquier cantidad de espías que se hacían pasar por expertos en cañerías.
Una tarde alguien tocó el timbre con insistencia. Arthur no llegó a despertarse del todo y en ese estado supuso que era mejor ir a ver qué pasaba. Se levantó y se arrastró por la casa como si sólo fuera sombra, como si el zombi con el que soñaba hace unos instantes penetrara en la realidad. Después de acercar el ojo a la mirilla, abrió la puerta convencido de que se trataba de un nuevo plomero. Estaba equivocado. Era Eugenio, el dueño de la casa de abajo. Un tipo que se había criado ahí y que le había dejado la casa a Elisa, la señora que lo había cuidado de chico. Eugenio, moviendo una boca pequeña rodeada de bigotes y larga barba blanca, hablaba lento y su voz podría haber sido menos aguda. Decía no querer tener más problemas. Decía muchas otras cosas relacionadas, sobre todo, a la noción de comunidad. Pero Arthur, sediento de cerebro, mientras lo escuchaba no podía dejar de pensar en eso de querer no tener más problemas. En realidad en algún momento dejó de escucharlo pero le decía todo que sí.
Pasaron más días, algunas semanas y Arthur miraba con una mezcla de bronca y placer cómo la pared seguía mutando. La bronca no le venía de lo que veía sino de no poder entender por qué existían tantas personas organizadas para deshacerla. Todos piensan en los artistas incomprendidos pero a nadie se le ocurre que tal vez hubo contemporáneos que sí los comprendían. Arthur mira la pared de su casa y llora como si frente a él estuviese muriéndose Galileo, Van Gogh o Artaud.
Un poco borracho una noche Arthur decidió tapar la mancha (que ya alcanzaba casi toda la pared) con los papeles que le habían dejado sus vecinos. Con paciencia y una plasticola pegó un papel al lado del otro. Hasta que llegó al último. Lo abrió y éste fue el único que leyó:
“soy del depto
de Elisa
que hiciste con
el plomero sigue
perdiendo –
te exijo solucionar
el problema vayamos
por las buenas
llamame 43010675 mañana
Eugenio”.
Arthur mira el reverso del papel: es un ticket de la pizzería de la otra cuadra. Sonríe y suelta el papel. Va a la cocina y se hace un té con limón. Se sienta a tomarlo en su sillón preferido y trata de no pensar en nada. Lo distrae su piel, que se pegotea al sillón. Después de un par de tragos de té lo invade un calor intenso. Arthur se mira la piel brillante. Se toca el brazo y lo siente caliente y húmedo. A cada uno la humedad le pega distinto, piensa.

Un viento fuerte entra por la ventana. Arthur mira como si alguien hubiese gritado de afuera. Un papel se arrastra por la mesa y cae balanceándose hasta el piso y también eso es presagio de que algo termina y algo comienza. Un muro de Berlín que no se preserva. Arthur abandona la voluntad de cerrar la ventana. En cambio, se entretiene una vez más con la mancha. Se levanta y camina mirando fijamente la pared. Parece hipnotizado. Pasa suavemente su dedo índice por la pintura arrugada. Es más que historia reciente. Lo distinto, cuando es parte del pasado se restaura, se pone en valor, se guarda en museos. Cuando algo modifica el presente se destruye. El error está en ver a la pared como una división, en poner cuadros para tapar. El secreto no se dice. Porque el secreto está en escuchar.

martes, 27 de septiembre de 2016

sombras

Ve en la terraza de su casa una película de Philippe Garrel. No sabe de dónde salió esa película. Entre mucha distracción hay una escena que le gusta. El resto es un frío que no se tolera. Arthur toma whisky y se frota las manos. Pero el viento además de despeinarlo y enfriarle las orejas, mueve las hojas de sus plantas. Ese ruido es el que lo distrae. No puede pensar más que en los que comen pochoclos en el cine y hacen ruido. Como muchos que no lo toleran y no se animan a decirle al que está comiendo que pare de mover las manos, Arthur no puede hacer nada. Mira la película pero sigue pendiente del ruido que le viene de atrás y al costado. Casi todo el tiempo está por darse vuelta y pedir silencio. Toma más whisky, piensa en lo ridículo de decirle a una planta que se calle. Se pone serio repentinamente, y trata de prestarle atención a la película.
Piensa en que siempre hay otros que ya lo hicieron. Pasa con cada una de las cosas. Antes no tenía ese pensamiento. Duda. No sabe si se está poniendo viejo, si la película es mala o ambas cosas. No sabe qué pasa. Él puede mirar igual muchas películas pero no puede haber muchas películas iguales. En algunos temas conviene ver siempre la misma.
Cuando termina la película ya no hay tanto viento y tiene muchas partes del cuerpo congeladas. Mira para atrás. Las plantas están quietas. Se queda mirándolas. Brillan porque les da una luz que viene de otro lado. La música sigue. Con los títulos sube el humo que sale de su boca. Arthur no mueve nada. La mirada fija en sus plantas. Las hojas no se mueven. Y en medio de esa quietud monumental se arrepiente, dice: cada momento es único. 

lunes, 29 de agosto de 2016

no pibe

El amor es lo ambiguo, piensa mientras ve una película que cuenta una historia de amor sin que los protagonistas de den un beso. Ellos quieren tener muchos bebés pero adentro de su cuerpo sólo hay balas. Ese podría ser el estribillo de una canción de metal o el argumento de alguna novela post-apocalíptica. Los huesos, que se les forman a las embarazadas en la panza, acá son los resabios de las vacas que no sirven ni en las carnicerías. El centro de todo es la carne. O un arma en las manos de un bebé.
Ellos no son muchas cosas. Y eso es lo que a Arthur más le atrae. Hasta que termina. Y ahí sí son algo. Entonces no le gusta el final. Se le ocurre algo. Mira para los costados, a su alrededor. Su perro no está con él. Hay muchas maneras de estar juntos, piensa Arthur. Y ahí es cuando se le ocurre contarle la película a Carnaval, al otro día, mientras desayuna. Contarle escena por escena. Todos los lugares que aparecen, todas las cosas que se dicen los protagonistas. Cantarle el tema de Manal. Y antes de llegar al final, callarse. Dejar al final flotando en el vacío, como si fuera el silencio que viene después de un disparo.

miércoles, 2 de marzo de 2016

algo sale mal

Es de noche. Arthur abraza su taza de té como si fueran todas las aspirinas del mundo. Tiene fiebre y dolor de garganta. Siente frío en todo el cuerpo a pesar de estar abrigado como si fuera julio. Sin embargo, no puede dejar su terraza hasta que no termine la película. Hay algo inexplicable que lo une durante 138 minutos a su terraza. Ni se le pasa por la dolorida cabeza la posibilidad de irse a la cama y ponerse una toalla húmeda en la frente. Por más voluntad que ponga, no lo puede controlar. Y mientras ese imán misterioso ejerce sobre él, el mundo sigue girando. Si pudiera, Arthur envidiaría a todos los que están por fuera de esa capsula de tiempo que lo engloba. Pero ni eso puede.
Cuando termina la película Arthur se para y se queda unos segundos estático, escuchando el piano que acompaña a los títulos. Después camina unos pasos, se asoma a la ciudad. La música, su cara, el perro que lo mira desde un costado, todo parece el final de una película que no tiene nada que ver con la película que acaba de terminar. Arthur mira a cuatro jóvenes que pasan caminando por la vereda, al ventilador de un aire acondicionado del edificio de enfrente, a un colectivo que se detiene para que un auto termine de estacionar. Arthur llega a divisar a la pareja que está dentro del auto y los nota nerviosos. Antes de que termine la música que suena de fondo, o sea antes de que se rompa el hechizo, le sorprende el ruido de un auto que pasa a toda velocidad por una avenida un tanto lejana. Arthur recuerda que cuando manejaba tenía miedo de que le vengan ganas de estornudar. De repente deja de sonar Vivaldi y en la realidad explota la burbuja que encerraba la terraza. Los conductores resfriados son tipos inconscientes, piensa Arthur en la mayor de las soledades.

lunes, 6 de julio de 2015

correspondencia

El portero le entrega un sobre color rosa en el que no hay escrito más que su nombre y su apellido. La carta, sin dudas, es para él. Pero él no la abre, sigue su camino como si se tratara de un volante entregado en mano prohibido arrojar a la vía pública ley número 260. Lo dobla a la mitad y lo guarda en el bolsillo de la campera. Su perro tironea y la correa le aprieta la mano. En el paseo se queda dormido en el banco de una plaza. Una mujer lo saluda pero él no dice nada. Antes de llegar a su casa en el almacén compra una botella de agua tónica que se va tomando del pico por la vereda. El perro no quiere volver al departamento pero no le queda otra, él lo reta, le grita algo, tira de la correa y entran en el ascensor. Está cansado, entra a su casa y no piensa más que en dormir. Pero la cama tiene muchas cosas encima y decide dormir en el sillón del living. Duerme mal. Sueña con una novia que tuvo en la infancia, que lo trataba mal cuando estaban delante de otros niños. Sueña que esa novia lo invita a un cumpleaños de ahora, muchos años después pero ella está igual, y se ríe de él toda la noche delante de amigos y parientes que él no conoce. Se despierta con dolor de cuello por haber dormido en una mala posición. También le duele la garganta porque no sólo no se tapó sino que uso la campera que tenía puesta como almohada. Tiene la boca pastosa. Los pies fríos. Cuando se pone la campera siente el papel en el bolsillo. Es la carta, el sobre color rosa. La mira un rato sin abrirla. Ahora no duda, en el sobre su nombre está escrito con la letra inconfundible de aquella compañerita de la primaria que apareció en el sueño. Decide tomarse un té y apoya el sobre en la mesada mientras lo prepara. El sobre sigue cerrado y está arrugado. Piensa en tirarlo a la basura pero en cambio abre la tabla de planchar con la intención de emprolijarlo. Después se arrepiente. Vuelve a la cocina, apoya el sobre en la heladera y para sostenerlo le pone un imán de una veterinaria en el centro. Se lo queda mirando unos minutos hasta que oye a la pava chillar. Tiene frío y sueño. Sin reflexionarlo demasiado, casi por instinto decide enfrentar el contenido del sobre en otro momento y, en cambio, socorrer al agua hirviendo.

domingo, 4 de enero de 2015

sin saber bien por qué

No pegó un ojo en toda la noche. Cuando amaneció cerró la persiana y se tapó hasta la frente. Después de media hora se rindió. No podía dormirse y eso le hacía pensar en todas esas cosas en las que nunca quiere pensar.
Entonces sale de la casa como apurado, como casi todos los que salen de sus casas por esas horas. Camina rápido. Está abrigado de más y se da cuenta apenas sale de su edificio pero no tiene tiempo de volver. Ve al portero de al lado baldeando la vereda, a una anciana con el changuito de las compras, a dos jóvenes que no se hablan, a unos cuantos en una parada de colectivo, a un niño que camina pateando una chapita de cerveza, a un tipo que pasea a su perro sin dejar de mirar su celular. A Arthur le da vértigo estar tan cerca de la gente. Camina unas cuadras con esa sensación y por fin llega a la agencia. Arthur, sin saber bien por qué, alquila un auto.
Sale de la ciudad sin proponérselo. Al principio hay un poco de tránsito pero a los pocos kilómetros todo es mucho más calmo y placentero. Alrededor la llanura es como una cama recién hecha. Arthur disfruta del paisaje, pone la radio y canta gritando las canciones que conoce.
La primera vez que se detiene porque tiene que cargar nafta, en la estación de servicio se encuentra con un auto rojo que ya había visto antes en la ruta. Es un 205 que está impecable, todo original. Arthur compra en el bar de la estación un café porque no hay té. Vuelve al camino y comienza a llenar todo el auto con las migas de las galletitas que come. Mira hacia delante después de sacudirse la remera y vuelve a ver al auto rojo. Arthur lo pasa y, sin saber bien por qué, se siente bien al hacerlo. Después de unos kilómetros, la radio que había puesto comienza a no sintonizarse, y el ruido que sale de los parlantes lo adormece. Arthur se da cuenta de lo que está pasando y en vez de apagar la radio decide frenar a comer unas medialunas y a tomar un café con leche en Atalaya (hace mucho calor pero él se queda parado unos minutos frente al aire acondicionado del lugar para tomar frío y así disfrutar más el café con leche caliente). Mientras come ve pasar los autos en la ruta, piensa en que si una hormiga gigante viera eso desde su inmensidad se sorprendería, creería que los humanos somos organizados. Después piensa que así como las hormigas llevan hojas que son mucho más pesadas que su propio cuerpo, los humanos conducimos máquinas que también lo son, y que entonces tal vez no sea que las hormigas sean súper fuertes sino que las hojas en sus lomos generan una motricidad especial, y se pregunta: ¿qué pasaría si me acuesto y me pongo una hoja en la espalda?, ¿y si me pongo un árbol entero?, y mientras por su cabeza pasan todas esas imágenes ve que un Peugeot 205 rojo estaciona en la puerta del lugar. Del auto se baja el mismo tipo que Arthur había visto en la estación de servicio, pero también se baja una chica que viene con él. Arthur hace memoria: la chica no estaba, no la recuerda. Entonces se come rápido las dos medialunas que le quedaban. Sale lo antes posible. Vuelve a la ruta y ya está más tranquilo. Agarra una curva que parece no terminar. Se divierte leyendo los carteles que están al costado del camino, rodeados de vacas que buscan un poco de sombra. Le vienen ganas de hacer pis y, como si estuviera cerca del destino, acelera. Acelera con tanta mala suerte que después de unos árboles aparece un control policial. Un policía serio, con antejos de sol, lo hace detenerse. Arthur le explica lo de sus ganas de hacer pis y al policía le da ternura, entonces, aburrido, le saca conversación. Hablan de pesca distendidamente. Dónde se puede pescar, qué se saca, cuándo es época, con qué conviene pescar. Y de repente: por la izquierda pasa el Peugeot rojo. Arthur mira al conductor, que a su vez lo mira y lo saluda como desafiante; la chica, a su lado, sonríe. Arthur vuelve a mirar al oficial y le dice que se tienen que ir. Al policía no le gusta esa actitud, vuelve a la cara de antes y lo despide dejándolo de tutear y haciéndole el saludo de la venia. Pasan varios minutos hasta que Arthur vuelve a ver al 205. Está detenido en la banquina. Arthur deja de acelerar y ve que el tipo está arrodillado a un lado del auto, cambiando una rueda. Arthur piensa en parar a ayudarlo pero su cuerpo no opina lo mismo: su pie derecho presiona con más fuerza el acelerador. Sucede lo mismo cuando pasa por al lado de unos puestitos que venden salame y quesos caseros. El camino comienza a hacerse menos transitable. Ahora sólo hay una vía de cada mano y en la ruta hay algunos pozos. Lo único gratificante es el atardecer que se demora sobre el horizonte. Poco a poco todo el verde que rodea la ruta comienza a tener otro color. El sol, que está naranja y radiante, comienza a esconderse detrás de los árboles. Arthur piensa en que en un futuro habrá publicidades proyectadas en el crepúsculo. Pero el sol de repente cae rápido y es de noche. Todo se acelera. Empieza a hacer cada vez más frío y sueño y hambre en muy pocos kilómetros. Por primera vez desde que salió de su casa Arthur se preocupa. Piensa en dónde va a pasar la noche. Extraña su cocina. Se da cuenta de que no le podrá dar de comer al perro. Quiere estar en su terraza mirando una película de vaqueros y en cambio está en una ruta que no conoce, manejando sin saber a dónde, con hambre y frío.
Sacando el ruido de su auto en la ruta hay una soledad tenebrosa, no hay señales de vida. Ese contexto hace que Arthur, al ver unas luces a lo lejos, piense que se trata de una alucinación. Pero no: a medida que se acerca se ven más nítidas las luces rosas y violetas titilando. Es un parador nocturno rutero, como los que Arthur tanto soñó después de verlos en infinitas películas. Cartel luminoso, administración, estacionamiento en 45º frente a la habitación. Arthur actúa como si supiera, como si todos los días de su vida fueran así: ruta, estación de servicio, ruta, parrilla al paso, ruta, motel…
Arthur vuelve a estar relajado. Se baña y se termina el paquete de galletitas que había empezado en el auto. En la habitación hay una heladerita. La abre y saca una botellita de whisky. La toma sentado en la cama. Piensa en prender la tele pero no encuentra el control. Entonces decide terminarse el whisky leyendo una revista que encontró en la mesita de luz. En la tapa de la revista hay un tipo que en su momento fue famoso y que se casó con una rubia de sonrisa perfecta.
Cuando se levanta de la cama se le cae la revista que tenía en las faldas. Se da cuenta de que se tomó muy rápido el whisky y que ahora está medio borracho. Va al baño. Llena la botellita de whisky con pis. Después la cierra fuerte y la mete en la heladerita. Una luz que entra por la ventana barre toda la habitación. Arthur cierra la heladera y se acerca despacio a la ventana, corre la cortina y ve al 205 rojo estacionando al lado de su auto.

viernes, 10 de octubre de 2014

el otro

Arthur sale a comprar frutas y se encuentra con un linyera que hace un par de semanas atrás le había robado, a través de un truco tonto, cazagiles, viveza porteña, veinte pesos, veinte pesos de entonces, de los de antes, de los de hace un par de semanas. Ahora Arthur lo ve comiendo una medialuna en un café. El tipo se da cuenta de que Arthur lo reconoce. Se miran ventana por medio. El tipo niega con la cabeza, Arthur entra al bar y cuando lo tiene agarrado del cuello, cuando está a punto de romperle la nariz de una piña, el tipo le dice “tiene razón”, le dice “tiene razón” (dos veces) y aprieta los labios y los párpados. Entonces Arthur lo suelta, balbucea algo y se va. El tipo lo sigue, es rengo, corre como puede detrás de Arthur hasta que lo alcanza. Cuando llegan a la verdulería dialogan en armonía. Hasta sonríen cuando el otro habla. Están relajados, parecen dos amigos que se les antojó tomar un licuado y salieron a comprar fruta. Arthur habla con el verdulero mientras el linyera se mete cinco o seis tomates en los bolsillos de su gamulán. Después caminan por la vereda hasta que se sientan en el banco de una plaza.
Se quedan un rato largo ahí, abrigados por el sol de la tarde. Arthur saca una radio de uno de los bolsillos de la campera y sintoniza el programa de tango que siempre escucha. En la radio primero hablan unas personas de cosas intrascendentes, después se escuchan una serie de publicidades. Unos minutos después empieza a sonar “Negracha”, y Arthur le dice al linyera que es la orquesta de Pugliese, que escuche con atención. Cuando termina el tema, Arthur apaga la radio y sólo se escuchan los autos que pasan por la calle y algunos niños que juegan a pocos metros. Ya no se hablan como en la verdulería. Pareciera como que ya no es necesario hablar, como si todo estuviera dicho. Sin embargo hay algo que a Arthur le incomoda. Con el codo toca apenas al linyera, le pregunta si le gusta el tango. El otro no contesta. Arthur se arrepiente de haber hecho esa pregunta. Lo mira y no tarda en darse cuenta de que el linyera está muerto. Alrededor de ellos los autos siguen pasando y los niños siguen corriendo. 

lunes, 30 de junio de 2014

números

La vecina de al lado se llama Aurora y tiene más de ochenta años. Es una mujer no tan alta y muy pituca. Una vez por semana una señora va a cortarle el pelo a la casa. Aurora dice que su peluquera, además de ser una maravillosa persona, posee dotes mágicos. Por eso además de entregarle su cabeza, después de que ella le termine de arreglar el pelo, toman té sentadas en el living. Hablan de temas que no les interesan para no entrar en discordia. Clima, fútbol, chismes del mundo del espectáculo. Y para esto, para poder sostener estas conversaciones durante tanto tiempo, a las dos no les queda otra que saber de cada uno de esos temas. Por eso, sólo por eso, Aurora vive con la tele prendida y se baña escuchando la radio. Cuando terminan de tomar el té la peluquera lleva las tazas a la cocina y tiene la obligación de anotar en una pizarra que hay en la heladera seis números de dos cifras. Cuando sale de la cocina Aurora la está esperando en la puerta, le abre y se despiden. No le baja a abrir porque la peluquera tiene llave de abajo.
Arthur no habla mucho con Aurora, y tal vez por eso le caiga bien. Por la culpa de ambos al octavo los vecinos lo llaman el piso de los tocados. Cada vez que se cruzan en el pasillo o en el ascensor hablan de lo mismo: números. Y no porque alguno de los dos sea contador, sino porque mientras Arthur cree en la numerología (y piensa que su vecina tiene algo de bruja), Aurora es una jugadora empedernida. De lunes a jueves la vieja se pasa las noches en el casino. Vuelve a las seis de la mañana, cuando la ciudad se está despertando. El viernes y el sábado se los pasa enteros haciendo cuentas. El domingo juega al Quini, al Loto y al Brinco. Tanto ella como Arthur piensan que en la noche es cuando más se puede pensar, que es en la ausencia de ciudadanos y no en el caos del día donde se percibe la esencia de las ciudades. Son muchas las cosas en las que coinciden, sin embargo cada uno sabe muy poco del otro. Su relación se sostiene a fuerza de los números. Y ambos se sienten bien teniendo eso del otro.
Los dos tienen una actividad nocturna que no pueden dejar. Y los dos tienen un pasado marcado por el dolor y la traición. Por las noches Aurora va al casino y Arthur mira películas, y así ambos intentan construir realidades ajenas en su interior, tratan de escapar de su pasado. Arthur mira una película en la que en una parte un personaje le dice a otro: “Por muy lejos que te vayas, por mucho tiempo que estés afuera, nunca podrás escapar de tu corazón”. Pero en ese momento por prestarle atención a la imagen no llegó a leer los subtítulos. Cuando termina la película Arthur se va de la terraza con más sueño que frío, deja la taza en la pileta de la cocina y cuando va a tirar el saquito de té usado se encuentra con que el tacho está que rebalsa. Sale a tirar la basura y se encuentra con Aurora que está bajando del ascensor. Por los vidrios del pasillo se ve que está amaneciendo. Ella tiene puesto un tapado negro y unos zapatos rojos que brillan, él chancletea las alpargatas y tiene el mismo jogging y el mismo canguro de siempre. Cuando se ven se sonríen. Arthur dice: cero seis, cuarentaidós, setentaicinco. Aurora contesta: Perro, Zapatilla, Payaso. Ambos entran a sus respectivas casas. Se van a dormir después de una noche más en la que a su manera se enfrentaron a eso que nunca van a dejar de ser.

miércoles, 21 de mayo de 2014

la eternidad

Arthur comienza a juntar cajas de cigarrillos como si fueran figuritas. Las imágenes que muestran los paquetes para desalentar el hábito en Arthur generan lo contrario: ahora fuma más. Se compra paquetes y fuma todos los cigarrillos para tener que comprarse otros paquetes y así poder completar el álbum inexistente de imágenes aterradoras de gente muriéndose por culpa del tabaco. La paradoja absoluta llega al extremo: lo único que hoy motiva a la vida de Arthur son las ganas de tener todas esas imágenes y esas imágenes, precisamente, son las que le recuerdan lo cerca que está de la muerte.

sábado, 17 de mayo de 2014

ave fénix

En la madrugada ve una película que trata de un avión que cae en medio del desierto del Sahara y, para sobrevivir, sus pasajeros deciden construir otro, con sus restos.
Ahora es el mediodía posterior y supongamos que en vez de un avión, lo que se cae es el amor y de lo que se trata es armar algo con los deshechos. Ella tiene los codos sobre la mesa, el cuerpo para adelante, la mirada segura. Casi no habla, hace preguntas cortas y concretas. En cambio él, que está enfrente, con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en el respaldo de la silla, parece relajado, habla casi todo el tiempo y a partir de la forma en que mueve las manos y por los gestos que hace con la cara podría decirse que está defendiendo algo de lo que no está muy seguro. Lo que es seguro es que algo muy fuerte pasó entre los dos. Muchos años. Ninguno conoció a otra persona que lo haga tomar la decisión definitiva. Ninguno, en realidad, sabe qué siente por el otro; les gustaría tener un diccionario de sentimientos pero algo como eso no existe. (La atracción es innegable, parecen dos imanes que no se soportan pero se dan cuenta de que siempre algo los va unir, más allá de sus voluntades, y no saben qué hacer con eso, como si poco a poco se van resignando y lo único que hacen es pensar de qué manera sobrevivir, cuál es la mejor manera de pasar la vida juntos. Les cuesta reconocer muchas cosas, pensar en el otro y por eso les cuesta estar juntos, salvarse. O quizás es al revés, y saben que existe algo así como el destino y que ya está escrito que deben estar separados, que no son compatibles, pero son tercos y hacen todo lo posible por intentar de diversas maneras estar juntos. Hay algo que no saben y por eso están la mayoría del tiempo tristes, hay algo que los enriquece y que parece obvio pero de lo que ellos no se dan cuenta: son dos.) En el medio de los dos hay una mesa y un esfuerzo más por seguir juntos, un esfuerzo que se rompe cuando, de repente, como si terminara de escuchar lo que sabía que escucharía, ella se para. Se queda unos segundos mirándolo. Y se va. Después de un rato de inmovilidad, él mira para los costados, se limpia las lágrimas. Le pide la cuenta al mozo con un gesto con la mano, como escribiendo en el aire. Paga y sale corriendo. Dobla en la misma esquina en que Arthur vio perderse a la mujer que antes estaba en la mesa.

jueves, 24 de abril de 2014

sobre el arcoíris

-Estoy cansada de estar sola.
-Todo el mundo está solo (...)
Pero es mejor pensar que no se está solo, aunque se esté, que saber que estás solo todo el tiempo…

Pone un pie en la terraza y se arrepiente. El suelo está caliente, le dio el sol todo el día y ahora parece una plancha después de hacer un churrasco. La luna está espectacular y Arthur prefiere salir a dar un paseo. Carnaval mueve la cola, piensa que va a salir pero su dueño ni piensa en él.
Sale solo a caminar por las veredas vacías del barrio. Camina pensando en la cantidad de líneas que ve. Arthur, sabemos, es un tipo sin muchas ambiciones, por lo que las cosas buenas que le suceden nunca estuvieron premeditadas ni fueron obtenidas gracias a un esfuerzo consciente. Al doblar en la esquina se encuentra con un negro que vive en la calle y eso es algo bueno. El tipo tiene una barba tan blanca que parece encendida. Está sentado en el piso, con la espalda apoyada en una cortina de chapa y por más de que hagan casi treinta grados de sensación térmica en la cabeza tiene puesto un gorrito de lana que no le llega a tapar las orejas. Es mucho más flaco que Arthur y tal vez más viejo, aunque nunca se sabe. Arthur cuando lo ve se detiene, el negro le sonríe y le pregunta si quiere que le cuente una historia. Después de aceptar un cigarrillo, antes de que empiece a contar sobre un bandolonista que él iba a ver cuando era joven, hace muchos años, Arthur ya está sentado a su lado. Un gordo que tocaba para personas que todavía no habían nacido. Arthur sabía de quién se trataba pero igual hacía silencio, se limitaba a escuchar, como debe hacerse cuando habla un viejo. A veces, contaba el negro, se caía de la silla en la que estaba sentado mientras tocaba. Arthur se pasaba la mano por la frente transpirada. El alcohol y las drogas lo arruinaron, una vez vi cómo lo sacaban arrastrándolo del escenario. Arthur seguía sin decir nada, sólo movía la cabeza (pensaba que a él le habían contado otra anécdota del mismo músico: una noche estaba tocando en un lugar donde solía tocar y no recuerda más nada, no recuerda que en un momento alguien de la tribuna dijo algo o no paraba de hablar y él le gritó algo y el otro le contestó, no recuerda qué se dijeron, no recuerda que de repente empezaron a volar sillas y botellas, no recuerda que vino la policía y se los llevó a todos, en un momento se despierta y lo único que reconoce es a su mejor amigo y representante sentado al lado, entonces le pregunta dónde están, en la comisaría, dice el otro, y el músico repregunta: a quién vinimos a sacar). Nació mucho antes de lo que debía, no lo soportó. Arthur mató un mosquito que estaba por picarlo en el brazo. Después de un breve silencio el otro comenzó a decir que lo que a él le fascinaba era viajar como si fuera música, Yo soy el efecto doppler (Arthur no sabía que se refería a cuando un sonido cambia desplazándose), dijo y al reírse perfumó la vereda de vino. Siendo muy joven se había ido de Senegal y recorrió gran parte del mundo, más de 27 países, 3 continentes, 69 ciudades. Soy un turista constante, aclaró, estoy permanentemente de vacaciones. Aunque no lo terminó de entender, a Arthur le gustó eso y se dio cuenta de que él tampoco trabajaba.
Arthur dejó que el otro no hablara por unos minutos y le dijo que se tenía que ir a ver una película en la terraza de su casa antes de que amaneciera. Le contó lo de las películas para demostrarle que él también es un viajero, que él tampoco estaba solo. Pero el negro entendió otra cosa. Le dijo que las terrazas son el punto más alto, pero también son el anteúltimo paso del suicida. También dijo: desde la terraza se ve la ciudad como sobre un arcoíris.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Arthur se llama Arthur

A veces, cuando por las noches toma mucho té y olvida ir al baño antes de acostarse, sueña que lo llaman por teléfono. En el sueño, que en realidad es una pesadilla, Arthur se levanta corriendo de la cama y atiende ansioso. Dice Hola y responden Hola, ¿Arthur Gómez? Y él contesta: Sí, ¿quién habla? Del otro lado se escucha (una voz lejana y convincente): Arthur Gómez. Y cortan. Tal vez cortan los dos a la vez, tal vez alguno de los dos se quede con el tubo en la mano, en silencio, un rato largo. Lo cierto es que la pesadilla no termina ahí. Arthur va al baño a verse al espejo y mojarse la cara. Justo cuando abre la canilla vuelve a sonar el teléfono. Ahí se despierta. Se despierta por dos cosas: 1) porque está sonando el despertador o 2) porque se hizo pis en la cama. 

jueves, 5 de septiembre de 2013

débil

A la tarde aparece una paloma muerta en un rincón de la terraza. Justo al lado de una maceta verde, que le hacía sombra y por eso al principio Arthur no la ve. Estaba tomando un té y disfrutando de los últimos rayos del sol invisibles, ocultos detrás de las nubes grises que cubrían el cielo. De buen humor, Arthur caminaba en su terraza como custodiando algo, como si jugara a ser el sereno de día, que controla un lugar donde nunca pasa nada. Cuando llega al lado de la maceta verde siente algo en el pie. Se asusta, y cuando ve lo que es putea. No sabe si pisar paloma descalzo trae buena suerte, igual putea. La paloma tiene el cuello retorcido, la cabeza casi desprendida del cuerpo. Se da cuenta de que no es una rata por las alas: una está plegada y casi completa de manchas de sangre y la otra, aplastada contra el piso, está abierta y despedazada: lo blanco de las plumas chiquitas se confunde con cartílagos y huesos. Arthur no lo puede creer. Le da asco, pero más fuerte es la intriga. Lo primero que se pregunta es cómo fue que al entrar a la terraza, al estar caminando por ahí (haciendo guardia), no la vio. Pero a esa pregunta se le suma una mucho más trascendental: cómo llegó la paloma a estar ahí, en ese estado.
Oscurece y Arthur todavía está sentado al lado del cadáver tratando de develar los misterios. Calculando el lugar del sol a la hora en que él había subido a la terraza, piensa que tal vez la sombra de la maceta le ocultó el cadáver. Pero después recuerda que durante el día estuvo nublado y que además la sombra no es materia y por lo tanto no tapa nada y entonces descarta esa idea. De todas maneras se para, va hasta la puerta y mira hacia el rincón donde encontró a la paloma muerta. Sigue pensando hasta que no aguanta más. Y entra a la casa. Al rato sale, envuelve el cadáver en un diario, lo entierra en una maceta grande de color blanco, en donde tiene plantado un pequeño limonero, y después baldea la terraza. Cuando termina está cansado y hace frío, pero igual se pone a ver una película.
Unas horas después de haber visto la película, Arthur está en su cama dando vueltas sin poder dormirse. Tiene sueño pero lo inquieta todo lo irresuelto de la cuestión de la paloma. De repente junta coraje, salta de la cama: decide volver a la escena del crimen. Ya en la terraza, al lado de la maceta verde, encuentra rastros de sangre. Pero, cómo puede ser posible, si él había baldeado. Arthur cada vez entiende menos, aunque cada vez hay más pistas. Agarrado de la baranda, se pone a mirar a la ciudad con desconfianza. Prende un cigarrillo. Lo fuma mirando las terrazas vecinas, los cables que cruzan las calles, un letrero luminoso que cambia de color, un papel en la vereda que es el único movimiento. Está concentrado en todas esas cosas cuando escucha un ruido. Se da vuelta: bajo el marco de la puerta aparece Carnaval. El perro mira al dueño con pena pero sin culpa. Arthur está por ir a acariciarlo cuando ve, algo confundido por la oscuridad o el sueño, que en un costado del hocico todavía hay algunas plumas.

viernes, 19 de julio de 2013

las primeras horas

Como siempre, Arthur va y vuelve de su pasado a su presente y de éste a algún otro lado. A través de películas, de la memoria. Ahora que es adulto se da cuenta de que hay muchas maneras de viajar y recuerda cuando era adolescente y decía que lo único que quería era tomarse un avión. A lo largo de su vida tuvo la posibilidad de tomarse varios aviones, de conocer muchos lugares, muchas personas, y sin embargo hace algunas decenas de años eligió pasar el resto de su vida en la terraza de su casa, en las películas que allí proyecta. Nadie sabe si es una buena o una mala elección porque a nadie le importa, porque Arthur no conoce a nadie. Y eso, que es lo que busca refugiándose en su casa, hoy es lo que más le entristece. Arthur puede decir de memoria un diálogo de alguna película italiana de los sesenta, puede enumerar todo el elenco de la película más olvidada, conoce centenares de directores portugueses, pero no se acuerda ningún número de teléfono, prácticamente porque no tiene a quién llamar.
Desde las 00:00hs, en Argentina es el día del amigo. Arthur sólo tuvo dos amigos en su vida: René, que murió hace más de diez años, y Ricardo, al que vio por última vez a los trece años.
Ahora Arthur se acuesta en su terraza, piensa en su infancia y llora porque el recuerdo de su abuela lo emociona, piensa en su juventud y como no recuerda gran cosa, y como está algo cansado porque ya está casi amaneciendo y tiene frío y vio dos o tres veces la misma película, se queda dormido. Después se despierta y todo sigue igual de confuso y contradictorio. Siente placer y rechazo y está no del todo insatisfecho con saber qué le espera al otro día.

viernes, 5 de julio de 2013

noche fría

Arthur se despierta y todo está en silencio. Supone que deben ser las tres o las cuatro de la mañana, pero no son más de las once de la noche. En invierno la ciudad se mueve menos. Cuando sale de la cama Arthur siente que su remera se le congela. Va hasta el armario y busca una camisa. Se la pone, siente que es poco y se pone otra. Así hasta cinco. Luego un pullover y después una campera. Va hasta la cocina y se prepara un té. Le gusta quedarse con las manos reposadas sobre la pava, con el cuerpo cerca de la hornalla. Del pico de la pava comienza a salir vapor, él lo mira y cree que es gas, entonces acerca la nariz y no siente nada, se le humedece la piel de la cara. Arthur no quiere apagar el fuego, se siente cómodo. El agua está hirviendo. La pava comienza a hacer un ruido que le molesta y por fin decide apagar el fuego. Inspira por la nariz inflando el pecho, el ambiente no huele a gas. Se prepara el té, le pone seis o siete cucharadas de azúcar y sube a la terraza con la taza entre las dos manos.
Arthur se sienta en el colchón abrazándose las piernas. Recién ahí se da cuenta de que tiene pantalones cortos y eso le da frío. Pero la película ya empezó y no quiere ir a cambiarse porque no quiere interrumpirla. La mira concentrado, lo atrapa desde el comienzo. Pero en un momento, después de más de media hora de película, justo cuando tiene que inclinar la cabeza para atrás con tal de llegar a tomar los últimos mililitros de té, la taza le tapa la pantalla y él desvía la mirada hacia el techito que está sobre la puerta de entrada a su casa. Ese techo no tiene mucho sentido ya que está justo después de la puerta que comunica la casa de Arthur con la terraza. Es la única parte de la terraza que está techada y no mide más de un metro cuadrado. La cosa es que en la punta de ese techito, entre la chapa y la madera, Arthur ve una araña grande. Y la atención de Arthur queda pegada de la tela de la araña. Brilla un hilo casi trasparente que une el techo con una de las paredes. La araña se deja caer, como volando hacia abajo, y en un momento frena y vuelve a subir hasta el techo, vuelve a caminar en el aire hasta la pared y vuelve a tirarse al vacío. La red es cada vez más grande. La araña va y vuelve moviendo las patitas a gran velocidad. Ya para ese entonces la atención de Arthur no puede ni moverse, está envuelta por ese hilo pegajoso que apenas lo deja respirar. La araña se frota las manos (en un gesto que habrá copiado de alguna de las moscas que suele comer) y luego sigue dejando saliva suspendida en el aire a unos dos metros del piso de la terraza.
Arthur mira hacia arriba inclinando la cabeza, entrecerrando los ojos. Le cuesta tragar. Unas sogas extrañas le tapan el cielo. Ya no tiene tanto frío. De fondo suena una música que indica que la película ya terminó. Y en la telaraña gigante que está sobre su cabeza, Arthur reconoce el rostro de Anabella.

martes, 28 de mayo de 2013

explosión

En la mano tiene la paleta. La pelotita pica una y otra vez, tan perfecta como la aguja más larga de los relojes; tarda siempre lo mismo en golpear. Arthur tenía hambre y se propuso extirpar la ansiedad. Y tuvo éxito. Ya no piensa en nada: cuando entra al mundo del ping-pong logra el grado cero, el vacío. Ahora, mientras sus pupilas siguen a la pelotita blanca, Arthur es la nada misma, es una nube flotando en el aire, es un cubito de hielo derritiéndose (primero) y evaporándose (después). Hasta que suena el portero eléctrico. ¡Buuuum! Estalla la bomba: vuelve a la realidad. Recuerda que tiene hambre, que había pedido una pizza. La pelotita está cayendo, está a la altura de sus hombros, y Arthur desconecta: le pega fuerte con la paleta (la manda a cualquier lado), tan fuerte que la pelotita todavía se mueve después de que Arthur baje a buscar la grande de muzzarella, tan fuerte que cuando Arthur entra a su departamento con la caja en la mano la pelotita todavía está girando, lento pero decidida, sobre el piso de madera. Y Arthur se ríe –porque, entre otras cosas, recuerda el torneo que ganó en Moscú y además se da cuenta que la realidad no es tan cruel, que lo que más le perturbaba antes de ponerse a jugar al ping-pong era tener hambre y no tener comida, pero ahora una de esas cosas se soluciona porque tiene la otra sobre la palma derecha-, intenta no pensar en eso, pero a los pocos segundos, tan pocos que apenas está soltando las llaves, se le ocurre que es una mala idea dejar una pelotita de ping-pong, y sobre todo esa pelotita: que fue con la que ganó el último punto del aquel torneo que jugó cuando no tenía más de una docena de años, dejar esa misma pelotita que lo hizo tan feliz, en el piso, que los dos, él y la pelotita, que tan bien se habían llevado hasta ahora, podrían salir perjudicados, uno tropezándose y la otra abollándose. Entonces decide solucionar este problema rápidamente para por fin ponerse a comer. Pero cuando se agacha a buscar la pelotita la caja de la pizza se le resbala de la mano y al chocar contra el piso se abre, poco pero se abre, se abre lo suficiente como para que un pedazo de maza se asome –y luego vea que algo de queso se pegó en el cartón-, se abre lo suficiente como para que una aceituna salga disparada y comience a girar por el sucio piso del departamento de Arthur, a girar como hasta ese momento había girado la pelotita, y la posta es perfecta: cuando una se detiene la otra cae al piso y sale rodando. Arthur la ve hasta que se mete debajo del sillón. El razonamiento es parecido al de la pelotita, pero esta vez lo que lo decide a ir a buscar la aceituna no es prevenir, resbalarse o arruinarla al pisarla, sino curar, o sea comer. No está en los planes de Arthur dejar algo, quiere comer todo, todo por lo que ya pagó. Entonces apoya la caja con la pizza adentro y todavía tibia sobre el sillón. Se agacha hasta apoyar el hombro en el piso y, sin ver, estira el brazo. Y así, de esta emotiva manera, con la cuota de azar que tienen todos los reencuentros inesperados, Arthur –en vez de encontrar la aceituna- dio con un libro que siempre quiso mucho pero que hacía años que no encontraba: El libro del té, de Okakura Kakuzo. La bomba, que había amagado estallar, hace añicos su cabeza en el momento menos esperado.

jueves, 7 de marzo de 2013

pintor

Un tipo está pintando el edificio de enfrente. Está sentado en una tabla que está sostenida por dos sogas. En los extremos de la tabla cuelgan dos tachos de pintura. El tipo se balancea de izquierda a derecha, a centímetros del edificio, casi rozándolo, como acariciándolo con las rodillas, con el fin de llegar a abarcar la mayor cantidad de pared posible. Cada vez quiere llegar más lejos, y –el esfuerzo hace que- cuando se columpia para un lado se estira tanto que parece que va caer hacia el costado, hasta que va para el otro lado, y en el camino recarga su rodillo, y cuando llega al otro extremo lo mismo, estira el brazo y apoya el rodillo en la pared, el envión hace el resto. El movimiento es el de un limpiaparabrisas con vértice arriba; un limpiaparabrisas que en vez de limpiar, pinta. De un lado al otro. Una y otra vez. Va hacia la derecha, tira todo el cuerpo para el costado, separa la mitad del culo de la tabla, estira el brazo, llega hasta debajo del balcón del octavo, parece que no puede hacer más equilibrio y justo cuando está por caer, cuando parece que ya no hay salvación, la cuerda comienza a tensarse y él parece como que chocara contra algo, algo que lo expulsa bruscamente para el otro lado. Lo mismo para el otro lado, con el brazo cambiado. Pareciera que Arthur ve un partido de tenis o a un eskeiter haciendo piruetas en una mediatubería.
Son las doce del mediodía. Hace un calor sofocante y la ciudad está invadida por ruidos de máquinas, bocinas, alarmas. Arthur se quedó dormido en su terraza; se despertó insolado y hasta el ruido más leve le retumba dentro de la cabeza. Le costó ponerse de pie. Le duele el cráneo. Está mareado. No piensa en que la noche anterior vio una de las películas más graciosas de la historia de del cine. Piensa, en cambio, en tomar mucha soda, en quedarse horas debajo de la ducha. Pero cuando está por irse de la terraza ve al tipo del edificio de enfrente. Entonces va hasta el borde se su terraza. Primero no hace más que mirarlo. Después piensa en que el tipo podría ser más prudente. Y más tarde ve que la soga que sostiene al pintor roza constantemente con el borde de la cornisa de enfrente. El tipo: piensa en qué va a hacer cuando termine su horario laboral. Arthur: comienza  a gritarle desesperadamente, pero le cuestan las palabras, siente un ardor atroz en la garganta: está afónico. El tipo: sigue pintando sin inmutarse. Arthur: está como loco porque ve que en cada movimiento del tipo la soga se deshilacha más. El tipo: ahora canturrea un tango que no se sabe muy bien. Arthur: se saca la ojota izquierda y la lanza hacia donde está al tipo, quiere llamarle la atención, avisarle que la cuerda no da para más, pero se da cuenta de que no tiene fuerzas. El tipo: “¿Dónde estará mi arrabal? ¿Quién se robó mi niñez?”. Arthur: agarra una maceta pequeña, la tira hacia el edificio de enfrente pero ésta –tal como la ojota- cae en la mitad de la calle.
Por la cabeza de uno ni siquiera pasa la posibilidad de caerse, el otro espera –impotente y angustiado- ese momento con la certeza de que sucederá tarde o temprano. De haberse conocido en otro contexto lo más probable es que hubieran terminado amigos. Ahora es distinto. El tipo: no sabe, ni siquiera sospecha de la existencia de Arthur. Arthur: se mete en su casa puteado al tipo –sin voz-, pensando en que prefiere tomarse unas pastillas para dormir antes que verlo caer. (Podría o debería pensarse en que el tipo es una metáfora de la vida de Arthur: alguien que en la soledad nunca termina de caer y no sólo no se da cuenta de eso sino que tampoco se da cuenta de que no está tan solo como cree. O al revés, que Arthur es una metáfora del tipo: alguien que primero se desespera por el prójimo pero al darse cuenta en la soledad en la que vive, prefiere resignarse, no pensar, salir del trabajo, ir a la cantina a tomar hasta quedar inconsciente. Dos caras de una misma moneda.) 

martes, 26 de febrero de 2013

incógnita

Arthur, vaya uno a saber por qué, de viejo se imagina inválido. Piensa en que no va a haber otra que la silla de ruedas. O arrastrarse por todos lados. Y eso lo pone mal. Y entra a la casa y saca una hoja y una lapicera y diseña un cambio para el interior de su casa: en donde ahora hay unas escaleras que conectan el living con la terraza Arthur dibuja una rampa. Piensa en que mejor prevenir que curar.
Él puede estar en sillas de ruedas –deshecha la idea de ir de un lado a otro arrastrándose por el solo hecho de que en su casa el piso siempre está extremadamente sucio-, podría incluso dejar de hablar, pero no puede estar sin ir a la terraza. Piensa en un tipo que lo cuida las 24 horas, un tipo al que no le dice más que “terraza” cada vez que le dan ganas de ver una película o cada vez que tiene ganas de ir a la terraza no tanto por estar sino más bien por costumbre o por vicio o por una especie de ansiedad.
Una silla de ruedas que lo lleve: de la cocina a la terraza y de la terraza a la cocina. No. No necesitaría a nadie que lo comande, que le cobre por conducirlo de un lugar a otro. Él podría moverse solo. No debe olvidarse de comer, ni de cómo se enciende el proyector. El resto no importa. Importan las películas, la terraza, el bienestar de su mascota, el buen funcionamiento de alguna de las cuatro hornallas de la cocina. No mucho más. Quizá el tabaco.
La relación entre Arthur y el cine es un misterio oculto en una terraza a la que nadie –más que él- tiene acceso. Los habitantes del mundo no conocen el secreto. Es similar a lo del árbol que cae en el medio del bosque y no hay nadie lo suficientemente cerca como para escucharlo. Arthur mirando una película en su terraza es el ruido del árbol cayendo.

lunes, 18 de febrero de 2013

tiempos

Ese día Arthur se desmayó en la vereda de su casa. Por suerte Gladis, que estaba saliendo del almacén con un pedido en las manos, lo vio y lo socorrió.
Cuando volvió en sí, Arthur estaba aturdido, tan desorientado como pez fuera del agua. Perdió la memoria durante unos minutos, o más bien inventó recuerdos a partir de lo que vio y sintió después del golpe en la cabeza, o sea que no tenía idea dónde había dejado los recuerdos, los había perdido pero sabía por dónde buscarlos, que es lo mismo que decir que pensó que Gladis era su mujer, que tenían dos hijos a los que no había que contarles del golpe para que no se preocuparan, que trabajaba en un local de alguna galería del centro, que le temía a los perros. Estaba completamente perdido, creía que el 26 de octubre de 1985 todavía no había sucedido. Gladis, que para el Arthur de antes del golpe, o sea para el Arthur de siempre no es más que la dueña del almacén de enfrente, vio en la inconsciencia de su amnésico vecino la oportunidad de su vida, y lo acompañó hasta la casa sin siquiera sospechar que cuando un amor es no correspondido se tiende a la ceguera o más bien cualquier gesto del otro se interpreta como señal de complicidad o más bien se suelen crear realidades que no son más que telenovelas que autotrasmitimos en nuestras cabezas, telenovelas sólo similares a lo superhéroe que se siente un niño cuando está vestido de Hombre Araña.
Cuando Arthur despertó eran las diez o las once de la noche. A los pocos minutos de haber abierto los ojos dijo las primeras palabras coherentes después de mucho tiempo. Preguntó en voz alta cómo hizo para volver (para volver en sí, si nunca se había ido de sí mismo, ¿y si efectivamente se había ido de sí, a dónde, a quién se había marchado?), aunque, por supuesto, sin tener muy en claro que se había ido. Gladis le dijo que no se preocupara, que ya se iría a poner bien y le dio un beso en la frente. A Arthur le dio tanto asco sentir los labios de ella en su piel que la echó de la casa. Se lo dijo bien: te podés ir por favor. Pero ella no quiso entender, salió del cuarto dando un portazo, pensando en que había pasado por un golpe muy duro y necesitaba estar solo, descansar, y se quedó toda la noche en la cocina. Arthur se durmió y soñó con una película que jamás vio o no sabe si vio o no porque en realidad no soñó con la película sino con él en su terraza viendo una película. Y se despertó con ganas de saber más, con la curiosidad acerca de lo que pasaba en ese otro tiempo que era su sueño.
Lo más traumático fue ver el rostro de Gladis un sábado a la mañana o ver su campera de terraza sobre los hombros de la almacenera o ver un café con leche en una bandeja en unas manos en unos brazos en un cuerpo de una persona que no se quiere ver o ver a su casa rodeando cada una de estas cosas o darse cuenta de que el sueño terminó y está despierto y la realidad es cruel. Arthur quiso tener un monopatín volador, para tirarse con él por la ventana y volar a cualquier lugar en donde estar solo. Por su cabeza o por el caliginoso recuerdo del sueño que no terminaba de vivir pasó la sensación de no poder estar solo nunca más. No dijo nada, tosió y sintió nauseas, como eructos fracasados, como lo contrario de tragar. Corrió al baño tapándose la boca pero se vomitó la mano en el camino. Después de varios minutos usando el inodoro como almohada llenó la bañera y sumergió la cabeza varias veces, aguantando la respiración todo el tiempo posible. Cuando juntó coraje y volvió a salir del baño, Gladis ya no estaba. Pensó en que ella nunca había existido. Pensó en que el sueño se hacía realidad (en el sueño que había creído finalizado pero que estaba viviendo y del que no podía salir, como si estuviera consciente de estar preso en una realidad paralela) en el sentido de que no era vigilia lo que sucedió después de lo que él supuso que era despertar. Quiso imaginar la cara que le pondría Gladis la próxima vez que lo viera pero en su mente se le apareció una foto: en ella había un fantasma y dos niños, un niño le mostraba el fantasma al otro, pero este último parecía no verlo y lloraba. (Subió a la terraza con las películas en la mano, vería las tres de corrido. Pero cuando llegó a la terraza se vio a sí mismo viendo la segunda. No, ya no podría estar solo jamás. Se tocó la cabeza y tenía un chichón.)