martes, 10 de abril de 2012
piel
Mira una película en la que la protagonista, nada menos que Jane Asher, muere en una pileta vacía. La escena es intensa, a Arthur le llega hasta lo más profundo. Se le pone la piel de gallina. Pero antes de ver la escena de la pileta, Arthur está feliz porque la película no le deja pensar en otra cosa que no sean los veranos en los que fue a la colonia de vacaciones. En los que corría por los pasillos del club, jugaba a la guerra de flotaflotas con Anabella, tiraba un anillo al fondo de la pileta para ver quién lo encontraba, andaba en su bici de carrera, se agarraba a piñas con otros niños, les temía a algunas viejas que se metían en la misma pileta que él. Eran los años en los que, sobre todo debido a que era el rey del ping-pong, parecía un niño como cualquier otro, un niño normal. Y esos años, esa infancia que maldijo y despreció durante tanto tiempo hoy es la causa de la gota que cae, salada, por la piel de su cara.
Arthur quiere ser Arthur, quiere, de alguna manera, volver a ser ese John Moulder Brown que alguna vez supo ser, aunque esto jamás lo reconocerá, y se conformará con la terraza, con las películas, con tomar té y jugar con Carnaval. Pero en estos días todo es distinto. Arthur está muy sensible. Se emociona por cualquier cosa. De lo más pequeño hace un mundo. Ahora come un durazno en la terraza, pensando en la película que acaba de ver, en lo fuerte que fue pasar del recuerdo feliz de su infancia al doloroso final de la película. Mientras mastica, imagina que en su mano, en vez de una fruta, está la teta de su amada, Anabella. Que la piel del durazno es la piel de Anabella. Y Arthur se banca la pelusa, faltaba menos. Y los cachetes de su cara están rojos, tibios; la piel cada vez más caliente. Y cuando empieza a disfrutar del placer, en el momento en el que comienza la erección, en un mordisco apresurado, se muerde el labio inferior. Todo se congela repentinamente. Arthur se la agarra con el durazno: lo tira lejos, cae en la terraza de un edificio vecino. Y ahora todo es dolor. Llora, pero no le salen las lágrimas. Y ahora la gota es de sangre.
miércoles, 28 de marzo de 2012
dos
Entonces decidió ir hasta la cornisa para ver a qué se debía tanto ruido, tanto movimiento, y por un instante temió que se tratara de un eclipse, que en realidad fueran las cuatro de la tarde o las diez de la mañana y que, salvo por la oscuridad apagada con luces eléctricas, se trate de un día de semana cualquiera. Pero de ese pensamiento se olvidó cuando miró hacia el edificio de enfrente. Es que en él Arthur vio que muchos departamentos tenían las luces prendidas. Y en una ventana había una luz tenue, que iluminaba el ambiente con una suavidad verde o marrón. Junto a la ventana había una mujer. Estaba sentada en un sillón, de espaldas a la ventana, a Arthur, que se maravillaba por lo bien que quedaban los pelos dorados de la mujer al lado de la cortina amarilla que colgaba en los costados de la ventana. Entonces, en algún momento, ya sin temor y nervioso, sin sentir el frío que se incrementaba alocadamente, como si las horas fueran meses y el invierno lo sorprendiera en mangas cortas, Arthur va hacia un extremo de su terraza y se da cuenta de que la mujer estaba mirando una película. Y sin pensarlo demasiado decide verla con ella, en una compañía que lo acompañará hasta el amanecer, cuando interrumpa sus pensamientos diciendo en voz alta algo así como me gustó la película porque me hace acordar lo buena que fue mi abuela conmigo durante mi infancia.
miércoles, 14 de marzo de 2012
noche intelectual
sábado, 10 de marzo de 2012
fiebre
jueves, 8 de marzo de 2012
pensándolo bien
Ayer, por ejemplo, cuando estaba en el almacén de Gladis esperando a que me atiendan, y veía a toda esa gente, vecinos míos, esperando como yo, me dieron ganas de matar a uno, pegarle un tiro en la cabeza, para ver qué pasaba, cómo reaccionaban los que estaban alrededor, qué pasaría después. Otras veces, cuando estoy solo, en mi casa, me imagino en el silencio de una biblioteca. Me imagino mesas largas ocupadas por gente leyendo, cada una en su libro, y yo entre ellos. Me imagino que no tolero esa calma y me paro y le corto los dedos a uno con un cuchillo y cuando éste comienza a gritar le clavo el cuchillo en el pecho. O me pasa que cierro los ojos y veo cómo le pego un tiro a un perro, que en la película sería el caballo, pero que acá es perro y es chiquitito, no debe pesar más de dos kilos y aturde al ladrar. O también me veo a mi mismo en uno de esos lugares a los que no voy nunca, que están llenos de gente, una cancha de
futbol, un shopping, el centro a hora pico, etcétera. Me veo caminando por entre medio de toda la gente. Me veo frenando en algún momento y viendo cómo cada uno está en la suya sin que les importe lo que pasa alrededor. Y me veo sacando un arma y pegándole un tiro a uno. Y me veo sorprendido porque nadie hace nada, entonces sigo con la matanza hasta que todos enloquecen porque saben que les puede tocar a alguno de ellos. Pero la escena que más se me viene a la cabeza es la del francotirador. En ella yo estoy con un rifle antiguo pero hermoso parado ahí, en ese rincón de la terraza. Son las seis o siete de una tarde de verano. La gente abajo va y viene como si nada. En un momento veo a alguien que no me gusta. Apunto. Escucho el disparo y la veo caer. Veo a todos los que están en la calle corriendo, mirando para todos lados. Y ahí yo me escondo, apoyo la espalda contra la pared y me rio a carcajadas. Y después lloro y me pregunto quién mierda soy yo para matar a alguien.
martes, 28 de febrero de 2012
cumpleaños II
Cuando cumplieron cuatro fue más que especial porque Albertito o su familia habían querido que fuera más que especial. Y de alguna manera, también terminó siéndolo para Arthur. En los cumpleaños de Albertito nadie más que él podía tomar coca-cola, el resto debía conformase con fanta o agua mineral. Y Albertito se paseaba con su coca siempre llena, sin darle a nadie. Había un grupo que era privilegiado, los más amigos de Albertito, que se sentaban en una mesa que estaba en un rincón y que era la única a la que le llegaban las salchichas con mostaza. El resto, los comunes, se paseaban por la enorme y futurista casa, comiendo palitos y papas fritas. En un momento de la fiesta, todos, incluidos Albertito y sus amigos especiales, incluido Arthur, incluida la hermana de Albertito, se sentaban en el inmenso living de la casa cuando llegaba el show de magia. Por eso es que nadie quería perderse esos cumpleaños. Es que el padre de Albertito era famoso: uno de los mejores magos del país; y él mismo, o algún colega de parecido prestigio, se encargaba de realizar el show. Todos los años un show nuevo. Cada vez mejor.
A Albertito, ese año, le regalaron un elefante que entró por la puerta como si nada, seguido de un familiar del cumpleañero y con un cartel en la gigantesca panza, que decía feliz cumple Albert. Esto, por supuesto, indignó a Arthur, que ya venía indignado porque siempre, desde que cumplió lo doce meses de vida, se indignaba para el día de su cumpleaños. Arthur se sentía incómodo, extraño a ese mundo de festejos. Y cuando todos estaban distraídos cortó el cartel que el elefante llevaba en su panza, dejó sólo la letra A y corrió al segundo piso, a esconderse al cuarto de la hermana de Albertito, junto con ésta, que había sido
cómplice de la aventura.
Se hacen las doce y media de la noche. A Arthur le agrada irse a esa hora porque ya no le va a tener que decir feliz cumple a su amigo, cuando lo salude, al salir. La abuela de Arthur le dice a éste que vaya por sus cosas que ya se van. Arthur sale corriendo. Suena el teléfono en la casa y atiende la madre de Albertito y dueña de casa. Es su primo, con el que no hablaba hacía siete años. No lo puede creer, llora, le dice te quiero mucho muchas veces y después sí, sí, ya te paso. Llama a Albert y le dice es su padrino, Jonny. Jonny vive en un lugar muy lejano en donde todavía es el día de cumpleaños de Albert. Y llama para saludarlo. Arthur ve toda esta secuencia, piensa en que el cumpleaños de Albertito sigue mientras que el suyo ya terminó, luego le agarra la mano a su abuela y la arrastra hasta la salida. Se va sin saludar ni dar explicaciones. Todo es tan obvio que lastima. Minutos antes, después de ver cómo una tía de Albertito cantaba a capela el feliz cumpleaños en inglés, Arthur había estado encerrado con la hermana de Albertito, jugando a las cartas y riéndose de la travesura que habían hecho juntos. Y por eso estaba tan contento cuando lo fue a buscar la abuela y por eso saber de la existencia del padrino Jonny fue como un abismo, un tiro en el medio de una sonrisa.
La abuela lo fue a buscar y a Arthur le pareció extraño que no estuviera con la bicicleta. Pero pensó que quizás la había dejado atada afuera, a unas cuadras, para que la pituca familia de Albertito no percibiera las condiciones en las que viven sus invitados. Eso tenían, reflexiona ahora Arthur, las escuelas públicas de mi época. Después se le ocurrió que tal vez la abuela no la había llevado por la hora que era. Y luego concluyó que se la habían robado. De todas maneras, Arthur se aguantó las ganas de preguntar por la bicicleta. Aunque por su cabeza se preguntaba cómo se arreglarían ahora, cómo iría él a la escuela, con qué bici aprendería a andar. Miró a su abuela que se le había adelantado, corrió hasta agarrarle la mano y caminaron, cruzándose toda la ciudad, hasta la casa.
Pero la historia del cumpleaños de cuatro no termina acá. Cuando llegan a la puerta de la casa la abuela le dice a Arthur que no tiene más la bicicleta porque la vendió. Y antes de que pueda preguntar por qué, la abuela le muestra su regalo de cumpleaños: una bicicleta nueva, de su tamaño, de su color favorito, con frenos y portaequipaje trasero. Arthur rebalsa de alegría pero no por mucho tiempo. Sigamos jugando con el tiempo: recordemos que Arthur se puso triste cuando vio al niño en la puerta de su casa. Que este niño le hizo acordar a Albertito. Que al pensar en Albertito y en la actitud de su vecino tomando esa coca-cola, se acordó de su cumpleaños de cuatro. Que a la salida del cumpleaños de cuatro, después de haberse despedido solamente de la hermana de Albertito con un beso en el cachete que jamás olvidó, Arthur se fue con la abuela caminando, pensando en que le habían robado la bicicleta. Que cuando llegaron la abuela le regaló su deseo más deseado, su anhelo más anhelado, su sueño más soñado. Bueno, la tristeza que ahora siente Arthur, después de ir a comprar y ya sin ganas de cocinar, no tiene que ver directamente con todo esto, sino con que la primera vez que uso su bicicleta nueva, impecable, se la robaron a cuatro cuadras de su casa.
lunes, 27 de febrero de 2012
cumpleaños I
casa y dejó las bolsas de las compras en la mesada. Antes había subido por el
ascensor con una pareja que se bajó en el tercero y con la que no habló ni una
palabra. Antes, mientras esperaba el ascensor, pasó la portera, le dijo algo y
Arthur ni la miró. Antes, cuando entraba sonriente porque Gladis le había
regalado una banana, le sostuvo la puerta a un nene que iba con su mamá. Y
cruzarse con ellos le cagó el día. Salió a la calle con la idea y las ganas de
cocinar por largas horas y regresó con el ánimo suficiente para prepararse un
té, al que no le pondrá más que miel. Es que Arthur venía tan feliz de la calle
que no le importó tener las dos manos ocupadas de bolsas repletas y les sostuvo
la puerta con un píe, amablemente, casi gustoso, a sus vecinos que acababan de
bajar del ascensor. Pero entre ellos estaban los ya mencionados inquilinos del
2ºB. Con los que hasta ahora no había habido problema aunque tampoco conocía
demasiado, sólo se los cruzó algunas veces en las que se saludaron
desinteresadamente con la mamá mientras que el niño estaba dormido o salía
corriendo sin llamar su atención. Pero a partir de esta vez les hizo la cruz.
Ahora los odia.
La cosa fue que pasó la madre apurada, agradeciendo con una sonrisa fugaz justo
antes de volverse sobre sí para rogarle al hijo que se apurara, que iban a
llegar tarde. Y atrás de ella, segundos después, pasó el niño, conduciendo una
bicicleta con una mano, tomando una coca-cola con una pajita y con un bonete en
la cabeza. El pibe lo miró a Arthur sin sacar su boca de la pajita. Arthur
pensó que se trataba de la siguiente mixtura simbólica: le estaba dando un
piquito infinito a su amada y succionando la teta que hace años debió haber
dejado (y todo el sexo que había en la actitud del niño no lo llevaría a otra
cosa que no sea a chocar, a morder un cordón con la rueda delantera de la
bicicleta y comenzar a dar vueltas en el aire hasta caer de boca al pavimento,
y ahí, por fin, soltaría esa pajita y se convertiría en esqueiter adolecente o
en gay asumido o en las dos cosas). Y acto seguido le hizo una cara, le sacó la
lengua, le mostro los dientes deshechos con restos de banana, se puso bizco, puso
los ojos blancos al tiempo que levantaba las cejas, frunció la nariz. El niño
siguió como si nada. Tomando su coca-cola, mirando hacia adelante. Y esa fue la
imagen traumática. Ese niño, con ese pelo rubio con flequillo desparejo, con
sus cachetes colorados y pecosos, pero, sobre todo, con esa soberbia actitud,
le recordó a Albertito. Y más precisamente el día en que Arthur pasó su
cumpleaños de cuatro en el cumpleaños de Albertito. Y los cumpleaños de
Albertito eran especiales. Esos cumpleaños, que caían el mismo día que el de
Arthur, eran esperados por todos los niños del jardín, debido a diversas
razones. Incluso Arthur, si alguna vez se hubiera ocupado de organizar un
cumpleaños paralelo, hubiese tenido más ganas de ir a la casa de su amigo. Por
la hermana, pero eso ya es otra historia.