Nadie sabe cómo llega a las manos de Arthur un artículo etnográfico de
Lomnitz y Lizaur que se llama “Una familia de la élite mexicana. Parentesco,
clase y cultura 1820 – 1980”. La cosa que Arthur lo lee y no quiere saber nada
con esa familia Gómez de la que hablan las autoras. Le da asco. Y se imagina
que tal vez él es parte de esa dinastía pero que de bebé lo trajeron, junto con
su abuela, a Buenos Aires y lo abandonaron en cualquier rincón de la ciudad.
Pero ¿qué pasaría si no lo hubieran traído? Muy simple, se contesta Arthur, me
hubiera salvado de Malvinas pero habría muerto en un ajuste de cuentas, tal vez
por alguna mujer. Y ahora se imagina escapándose de una mansión para transitar una
infancia rebelde por las calles de la Ciudad de México. Se agarraría a piñas o
fumaría o jugaría tardes enteras en la calle con otros chicos. Robaría carteras
en la multitud. Molestaría a ciegos y borrachos. Se escondería en los baños
públicos femeninos para espiar y asustar a las mujeres que entren. Le tiraría piedras
a mendigos y a policías por igual.
Como si estuviera en un descampado del DF, Arthur está sentado en su terraza al
lado de un balde de chapa. Cada hoja que termina de leer va a parar, hecha un
bollo, al balde donde arden unas maderas que originan llamas amarillas. Alimenta
la fogata porque gracias a ella puede ver lo que lee, y además porque en esta
noche de otoño corre un viento fresco y quiere tener el cuerpo caliente cuando en
minutos se ponga a ver una película de Buñuel.
viernes, 18 de mayo de 2012
lunes, 7 de mayo de 2012
en las nubes
Una vez alguien dijo algo así como que los países son como las paredes.
Ambos se descascaran, se ensucian, hasta que viene alguien que se encarga de
restaurarlos, pintarlos. Siempre se están cayendo y levantando países y
paredes. Tanto unas como los otros existen para separar, son invenciones que
los seres humanos crearon en su afán de dividirse, diferenciarse unos de otros.
Y esa metáfora viene bien para describir el presente de Arthur. Porque si las
paredes son países, el edificio es la Tierra y Arthur está en el cielo. La
terraza: único lugar del planeta en el que no hay países. El mundo pasa debajo de
él, países se rompen, se agujerean, se refaccionan, se empapelan, mientras él
continúa indiferente. Le llega una carta del consorcio, habrá reunión de
inquilinos el martes a las 18 horas, piden que por favor asista, por lo menos,
un representante por departamento porque se tratará un tema fundamental. La
reunión de consorcio es como un congreso de la ONU o el G8. Y Arthur no está en
condiciones de intervenir en las decisiones que marcarán el futuro del planeta.
El edificio en el que vive, el mundo en el que vive, le es ajeno. Sobre todo
hoy, que lo llaman por teléfono, le tiran cartas por debajo de la puerta, le
tocan el portero eléctrico, lo va a buscar hasta la puerta de su casa nada
menos que el presidente del consorcio. Lo necesitan más que nunca. Es que hasta
no tener la firma de todos los propietarios del edificio, no se puede comenzar
la construcción de la pileta en el jardín. Y Arthur prefiere las plantas.
Piensa que lo de la pileta es una locura, es como querer construir un hotel en
la luna.
De todos modos, cuando se despierta el martes a las 23, se pregunta cómo habrá estado, de qué se habrá hablado en la reunión de consorcio. No llega hasta la preocupación pero no puede negar que es una incertidumbre que no se le va de la cabeza. Mientras está en la terraza con una taza en una mano y el control remoto en la otra, piensa en que, cuando le pregunten, lo más inteligente será contestar que tuvo un pequeño accidente doméstico, que se chocó la frente contra el extractor cuando fue a agarrar la pava y que una amnesia temporal hizo que se olvidara de la reunión.
De todos modos, cuando se despierta el martes a las 23, se pregunta cómo habrá estado, de qué se habrá hablado en la reunión de consorcio. No llega hasta la preocupación pero no puede negar que es una incertidumbre que no se le va de la cabeza. Mientras está en la terraza con una taza en una mano y el control remoto en la otra, piensa en que, cuando le pregunten, lo más inteligente será contestar que tuvo un pequeño accidente doméstico, que se chocó la frente contra el extractor cuando fue a agarrar la pava y que una amnesia temporal hizo que se olvidara de la reunión.
martes, 10 de abril de 2012
piel
Son días tristes en la vida de Arthur. Hace treinta años desembarcaba en las Islas Malvinas. Son días en los que hace cosas sin pensar, en los que todo lo conmueve. Días en los que, incontrolablemente, se entristece y alegra como quien abre y cierra los párpados.
Mira una película en la que la protagonista, nada menos que Jane Asher, muere en una pileta vacía. La escena es intensa, a Arthur le llega hasta lo más profundo. Se le pone la piel de gallina. Pero antes de ver la escena de la pileta, Arthur está feliz porque la película no le deja pensar en otra cosa que no sean los veranos en los que fue a la colonia de vacaciones. En los que corría por los pasillos del club, jugaba a la guerra de flotaflotas con Anabella, tiraba un anillo al fondo de la pileta para ver quién lo encontraba, andaba en su bici de carrera, se agarraba a piñas con otros niños, les temía a algunas viejas que se metían en la misma pileta que él. Eran los años en los que, sobre todo debido a que era el rey del ping-pong, parecía un niño como cualquier otro, un niño normal. Y esos años, esa infancia que maldijo y despreció durante tanto tiempo hoy es la causa de la gota que cae, salada, por la piel de su cara.
Arthur quiere ser Arthur, quiere, de alguna manera, volver a ser ese John Moulder Brown que alguna vez supo ser, aunque esto jamás lo reconocerá, y se conformará con la terraza, con las películas, con tomar té y jugar con Carnaval. Pero en estos días todo es distinto. Arthur está muy sensible. Se emociona por cualquier cosa. De lo más pequeño hace un mundo. Ahora come un durazno en la terraza, pensando en la película que acaba de ver, en lo fuerte que fue pasar del recuerdo feliz de su infancia al doloroso final de la película. Mientras mastica, imagina que en su mano, en vez de una fruta, está la teta de su amada, Anabella. Que la piel del durazno es la piel de Anabella. Y Arthur se banca la pelusa, faltaba menos. Y los cachetes de su cara están rojos, tibios; la piel cada vez más caliente. Y cuando empieza a disfrutar del placer, en el momento en el que comienza la erección, en un mordisco apresurado, se muerde el labio inferior. Todo se congela repentinamente. Arthur se la agarra con el durazno: lo tira lejos, cae en la terraza de un edificio vecino. Y ahora todo es dolor. Llora, pero no le salen las lágrimas. Y ahora la gota es de sangre.
Mira una película en la que la protagonista, nada menos que Jane Asher, muere en una pileta vacía. La escena es intensa, a Arthur le llega hasta lo más profundo. Se le pone la piel de gallina. Pero antes de ver la escena de la pileta, Arthur está feliz porque la película no le deja pensar en otra cosa que no sean los veranos en los que fue a la colonia de vacaciones. En los que corría por los pasillos del club, jugaba a la guerra de flotaflotas con Anabella, tiraba un anillo al fondo de la pileta para ver quién lo encontraba, andaba en su bici de carrera, se agarraba a piñas con otros niños, les temía a algunas viejas que se metían en la misma pileta que él. Eran los años en los que, sobre todo debido a que era el rey del ping-pong, parecía un niño como cualquier otro, un niño normal. Y esos años, esa infancia que maldijo y despreció durante tanto tiempo hoy es la causa de la gota que cae, salada, por la piel de su cara.
Arthur quiere ser Arthur, quiere, de alguna manera, volver a ser ese John Moulder Brown que alguna vez supo ser, aunque esto jamás lo reconocerá, y se conformará con la terraza, con las películas, con tomar té y jugar con Carnaval. Pero en estos días todo es distinto. Arthur está muy sensible. Se emociona por cualquier cosa. De lo más pequeño hace un mundo. Ahora come un durazno en la terraza, pensando en la película que acaba de ver, en lo fuerte que fue pasar del recuerdo feliz de su infancia al doloroso final de la película. Mientras mastica, imagina que en su mano, en vez de una fruta, está la teta de su amada, Anabella. Que la piel del durazno es la piel de Anabella. Y Arthur se banca la pelusa, faltaba menos. Y los cachetes de su cara están rojos, tibios; la piel cada vez más caliente. Y cuando empieza a disfrutar del placer, en el momento en el que comienza la erección, en un mordisco apresurado, se muerde el labio inferior. Todo se congela repentinamente. Arthur se la agarra con el durazno: lo tira lejos, cae en la terraza de un edificio vecino. Y ahora todo es dolor. Llora, pero no le salen las lágrimas. Y ahora la gota es de sangre.
miércoles, 28 de marzo de 2012
dos
Como siempre, nuestro querido Arthur Gómez sube a la terraza de su casa y se pone a ver una película. Una película de la que dentro de unas horas dirá que es dura pero que le gustó porque le recordó lo buena que fue su abuela con él durante su infancia. Pero recién ahí, viendo el amanecer desde la ventana de la cocina, calentándose las manos con la taza de té, pensará en el la película. Porque el resto de la noche tendrá la cabeza en otro lado. Es que esta vez él no eligió ni proyectó la película. Lo que sucedió fue que Arthur subió a su terraza para ver un clásico que hacía tiempo tenías ganas de ver. Era de noche y la ciudad estaba como alterada. Luces que se prendían y apagaban, ruidos de sirenas y bocinas, gritos, insultos. Pero el clima era agradable y Arthur estaba de buen humor.
Entonces decidió ir hasta la cornisa para ver a qué se debía tanto ruido, tanto movimiento, y por un instante temió que se tratara de un eclipse, que en realidad fueran las cuatro de la tarde o las diez de la mañana y que, salvo por la oscuridad apagada con luces eléctricas, se trate de un día de semana cualquiera. Pero de ese pensamiento se olvidó cuando miró hacia el edificio de enfrente. Es que en él Arthur vio que muchos departamentos tenían las luces prendidas. Y en una ventana había una luz tenue, que iluminaba el ambiente con una suavidad verde o marrón. Junto a la ventana había una mujer. Estaba sentada en un sillón, de espaldas a la ventana, a Arthur, que se maravillaba por lo bien que quedaban los pelos dorados de la mujer al lado de la cortina amarilla que colgaba en los costados de la ventana. Entonces, en algún momento, ya sin temor y nervioso, sin sentir el frío que se incrementaba alocadamente, como si las horas fueran meses y el invierno lo sorprendiera en mangas cortas, Arthur va hacia un extremo de su terraza y se da cuenta de que la mujer estaba mirando una película. Y sin pensarlo demasiado decide verla con ella, en una compañía que lo acompañará hasta el amanecer, cuando interrumpa sus pensamientos diciendo en voz alta algo así como me gustó la película porque me hace acordar lo buena que fue mi abuela conmigo durante mi infancia.
Entonces decidió ir hasta la cornisa para ver a qué se debía tanto ruido, tanto movimiento, y por un instante temió que se tratara de un eclipse, que en realidad fueran las cuatro de la tarde o las diez de la mañana y que, salvo por la oscuridad apagada con luces eléctricas, se trate de un día de semana cualquiera. Pero de ese pensamiento se olvidó cuando miró hacia el edificio de enfrente. Es que en él Arthur vio que muchos departamentos tenían las luces prendidas. Y en una ventana había una luz tenue, que iluminaba el ambiente con una suavidad verde o marrón. Junto a la ventana había una mujer. Estaba sentada en un sillón, de espaldas a la ventana, a Arthur, que se maravillaba por lo bien que quedaban los pelos dorados de la mujer al lado de la cortina amarilla que colgaba en los costados de la ventana. Entonces, en algún momento, ya sin temor y nervioso, sin sentir el frío que se incrementaba alocadamente, como si las horas fueran meses y el invierno lo sorprendiera en mangas cortas, Arthur va hacia un extremo de su terraza y se da cuenta de que la mujer estaba mirando una película. Y sin pensarlo demasiado decide verla con ella, en una compañía que lo acompañará hasta el amanecer, cuando interrumpa sus pensamientos diciendo en voz alta algo así como me gustó la película porque me hace acordar lo buena que fue mi abuela conmigo durante mi infancia.
miércoles, 14 de marzo de 2012
noche intelectual
Es extraño. La película cuenta el final de una pareja y el final de la película muestra a la pareja haciendo el amor en la arena, en el bunker (curioso: en la trampa) de una cancha de golf. Y Arthur podría ser cualquiera de los personajes, cualquiera de las escenas. Podría ser alguna de todas las palabras, todas las canciones, todas las miradas. Es insólito. Arthur caminando entre sombras, esperando la noche final, que llega y se hace eterna y el final termina siendo todo, desde el principio. Ya no se trata de sentimientos, ni siquiera de dinero. Es (más) profundo. Se podrían mostrar rosas flotando, niños llorando, una vía muerta, enfermos en hospitales, incluso un baile sensual o una ciudad repleta de personajes atrayentes. Pero no. Es confuso. Porque es la cabeza de Arthur. Lo negro lo traga todo, ahora ella sólo es una figura, una ventana de día. Es raro. Porque Arthur la ve, sabe que es Monica Vitti pero igual dice Anabella, se acerca, pero no mucho porque sabe que a pocos pasos de él está el vacío. Prefiere seguir dentro en su contorno, prefiere resignar lo nuevo, quedarse anclado en lo conocido, mirar desde su terraza, otro día que comienza, una mañana más, parcialmente nublada y repleta de pensamientos.
sábado, 10 de marzo de 2012
fiebre
Otra vez es de noche. Llueve. Arthur está con un paraguas, parado en un rincón de su terraza, bajo un techito pequeño, que no llega a cubrirlo del todo, pero para eso tiene su paraguas, de complemento. Desde donde él está parado la película no se ve del todo bien. Por el ángulo desfavorable y porque el agua que cae le tapa la visión y porque no es una buena copia y la peli es del año treinta. Pero Arthur no para de reírse. Está descalzo, se moja los pies, de vez en cuando estornuda. Pero no para de reírse. Se acuerda que él una vez entró a un puterío por equivocación. Tenía cinco años y una señorita muy atractiva le regaló un chupetín. Todavía siente los labios de la puta en su cachete, todavía se acuerda de la mirada de una señora que se sorprendió al ver salir a un niño de ese lugar, alguien que no debería estar en esos sitios y él, un Arthur pequeño y con agallas, le devuelve la mirada, orgulloso, enamorado. Y por seguir mirando a la vieja, al cruzar la calle, esa mañana casi lo atropella un auto. Pero se salvó y cuando llegó a su casa comenzó a decirle a su abuela cosas incoherentes. La abuela pensó que el pequeño Arthur se había vuelto loco, pero él estaba enamorado o tenía una gripe tan fuerte como la que se está agarrando esta noche en su terraza.
jueves, 8 de marzo de 2012
pensándolo bien
Monólogo hallado en el cerebro de Arthur: A veces a mí también me dan ganas de matar a alguien. Como hacen en esta película. Es un sentimiento repentino, incontrolable, que me invade desde que estuve en Malvinas. Pienso en eso y enseguida lo niego, razonando. Pero después tengo miedo, porque tuve ganas de matar a alguien, a cualquiera, y ese es el primer paso para convertirse en asesino. Paso del miedo cero al miedo máximo. Por suerte en esos momentos no tengo una pistola en la cintura. Si la tuviera dispararía como la niña de la película pero yo no me iría para atrás porque peso mucho más que ella.
Ayer, por ejemplo, cuando estaba en el almacén de Gladis esperando a que me atiendan, y veía a toda esa gente, vecinos míos, esperando como yo, me dieron ganas de matar a uno, pegarle un tiro en la cabeza, para ver qué pasaba, cómo reaccionaban los que estaban alrededor, qué pasaría después. Otras veces, cuando estoy solo, en mi casa, me imagino en el silencio de una biblioteca. Me imagino mesas largas ocupadas por gente leyendo, cada una en su libro, y yo entre ellos. Me imagino que no tolero esa calma y me paro y le corto los dedos a uno con un cuchillo y cuando éste comienza a gritar le clavo el cuchillo en el pecho. O me pasa que cierro los ojos y veo cómo le pego un tiro a un perro, que en la película sería el caballo, pero que acá es perro y es chiquitito, no debe pesar más de dos kilos y aturde al ladrar. O también me veo a mi mismo en uno de esos lugares a los que no voy nunca, que están llenos de gente, una cancha de
futbol, un shopping, el centro a hora pico, etcétera. Me veo caminando por entre medio de toda la gente. Me veo frenando en algún momento y viendo cómo cada uno está en la suya sin que les importe lo que pasa alrededor. Y me veo sacando un arma y pegándole un tiro a uno. Y me veo sorprendido porque nadie hace nada, entonces sigo con la matanza hasta que todos enloquecen porque saben que les puede tocar a alguno de ellos. Pero la escena que más se me viene a la cabeza es la del francotirador. En ella yo estoy con un rifle antiguo pero hermoso parado ahí, en ese rincón de la terraza. Son las seis o siete de una tarde de verano. La gente abajo va y viene como si nada. En un momento veo a alguien que no me gusta. Apunto. Escucho el disparo y la veo caer. Veo a todos los que están en la calle corriendo, mirando para todos lados. Y ahí yo me escondo, apoyo la espalda contra la pared y me rio a carcajadas. Y después lloro y me pregunto quién mierda soy yo para matar a alguien.
Ayer, por ejemplo, cuando estaba en el almacén de Gladis esperando a que me atiendan, y veía a toda esa gente, vecinos míos, esperando como yo, me dieron ganas de matar a uno, pegarle un tiro en la cabeza, para ver qué pasaba, cómo reaccionaban los que estaban alrededor, qué pasaría después. Otras veces, cuando estoy solo, en mi casa, me imagino en el silencio de una biblioteca. Me imagino mesas largas ocupadas por gente leyendo, cada una en su libro, y yo entre ellos. Me imagino que no tolero esa calma y me paro y le corto los dedos a uno con un cuchillo y cuando éste comienza a gritar le clavo el cuchillo en el pecho. O me pasa que cierro los ojos y veo cómo le pego un tiro a un perro, que en la película sería el caballo, pero que acá es perro y es chiquitito, no debe pesar más de dos kilos y aturde al ladrar. O también me veo a mi mismo en uno de esos lugares a los que no voy nunca, que están llenos de gente, una cancha de
futbol, un shopping, el centro a hora pico, etcétera. Me veo caminando por entre medio de toda la gente. Me veo frenando en algún momento y viendo cómo cada uno está en la suya sin que les importe lo que pasa alrededor. Y me veo sacando un arma y pegándole un tiro a uno. Y me veo sorprendido porque nadie hace nada, entonces sigo con la matanza hasta que todos enloquecen porque saben que les puede tocar a alguno de ellos. Pero la escena que más se me viene a la cabeza es la del francotirador. En ella yo estoy con un rifle antiguo pero hermoso parado ahí, en ese rincón de la terraza. Son las seis o siete de una tarde de verano. La gente abajo va y viene como si nada. En un momento veo a alguien que no me gusta. Apunto. Escucho el disparo y la veo caer. Veo a todos los que están en la calle corriendo, mirando para todos lados. Y ahí yo me escondo, apoyo la espalda contra la pared y me rio a carcajadas. Y después lloro y me pregunto quién mierda soy yo para matar a alguien.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)