viernes, 5 de octubre de 2012

dos párrafos

Este primer párrafo debería tener una sola oración. Podría ser: muchas veces no nos damos cuenta de que lo que nos salva la vida es lo mismo que lo que nos mata. O: nuestro destino, para bien o para mal, está en manos del partero. O: el que nos da la vida puede quitárnosla. O, por qué no: sólo puede estar triste quien conoce la felicidad. O: los (elementos, personas, momentos) dueños de nuestra felicidad son los que deciden sobre nuestra tristeza. O: como el tipo que decía que había que cuidar el agua y murió de sed o ahogado. O, también: la clase media se las ingenia para siempre encontrar un drama donde no lo hay. O: a esta altura no sorprende la debilidad del hombre por lo metafísico. O: generalmente las boludeces más insólitas son las que regulan los sentimientos del burgués. O: porque todas las necesidades naturales y culturales tienen un punto justo. O: porque valoramos las cosas recién cuando las perdemos. O: nos engañamos a nosotros mismos, cuánto de mentira hay en cada recuerdo. O: sin la muerte la vida no tendría sentido. O: el ser humano tiende a hacerse el que no le preocupa el final. O: la histeria es parte de la condición humana. O: cuesta menos decir fui feliz que estoy contento.
Y Arthur, que ni se imagina todas estas cosas pero que de algún modo las siente, esta noche está llorando porque recuerda y extraña a Anabella.

martes, 18 de septiembre de 2012

con Carnaval

La pelota pica en el piso, luego en la pared y no vuelve a picar en el piso. A veces pica una vez en el piso y ya no vuelve a picar. Otras veces no pica nunca. Arthur tira la pelota una y otra vez. Carnaval corre siempre igual de cansado, siempre igual de entusiasmado, como perro con una cola larga que se agita para todos lados. La pelota sale de entre los dientes de Carnaval, que apenas la deja mira a su dueño sin mover la cabeza, como levantando las cejas. Aprovecha para tragar. Saca la lengua. Ladra una vez, dos. Arthur lo mira y le dice: traela acá. Carnaval obedece. La pelota está llena de baba; a Arthur no le importa, la agarra y la tira. Cada tiro es una persona de esta ciudad, piensa Arthur. Trata de hacer carambola. La tira alto para que Carnaval la atrape antes de que toque el suelo. Amaga a tirarla y cuando el animal sale corriendo la arroja para otro lado. La encesta en una maceta alta. La empuja levemente, cosa que dé cuatro o cinco vueltas en cámara lenta. La pica un par de veces. La esconde debajo del colchón. La suelta en el aire y al instante le pega con un palo de escoba. Y siempre –siempre- Carnaval la apresa y la lleva masticándola hasta las manos de su amo, que le dice “buen chico” aunque sabe que no es un chico y sabe, al mismo tiempo, que –aunque crezca y ya pese más de treinta kilos y haya que comprarle una bolsa distinta de comida, aunque sus colmillos ya midan más de dos centímetros, aunque al moverse con la torpeza de quien todavía no está acostumbrado a su propio cuerpo se lleve cosas por delante, aunque si no hay pelota de por medio pueda pasarse días enteros durmiendo, aunque en cada paseo se quiera montar a todos los de su especie- Carnaval nunca dejará de ser un niño o más bien un cachorro. Arthur sabe lo que significan esos lengüetazos, esos golpes con la cola, esos ladridos amistosos. Y, por sobre todas las cosas, sabe que en ese ir y venir de la pelota, que parece un gesto tonto e instintivo, se esconde un pacto de confianza y amistad. Sabe que ahí estará Carnaval, para cuidarlo y protegerlo hasta que la muerte los separe.

viernes, 24 de agosto de 2012

el mismo de siempre

Todos en algún momento cambiamos radicalmente nuestras vidas (y hacemos cosas que jamás pensábamos que íbamos a hacer, cosas que quizás antes repudiábamos, y nos vemos preguntándonos qué pensaría tal si supiera lo que estoy haciendo ahora, y estamos convencidos de no querer volver hacer lo que hacíamos) hasta que algo nos retrotrae a eso que fuimos antes del cambio y nos damos cuenta de que nuestro cambio radical no había sido tan radical. Algo parecido le pasa a Arthur cuando está viendo Bob, el jugador. En la vida de Arthur hay etapas muy marcadas. A veces se avergüenza de lo que alguna vez fue. Otras veces recuerda con nostalgia su infancia. Ahora está confundido, como mareado, rodeado de nubes grises y negras, un viento que le despeina y enfría los cabellos, Carvanal parado en la puerta, mirándolo como diciéndole qué hacés todavía ahí, no te das cuenta de que se está por caer el cielo, con la garúa que comienza a mojar toda la ciudad como advirtiéndola, por si alguien como Arthur no vio que en todos los noticieros de la tarde anunciaban alerta meteorológica. En ese clima Arthur piensa en todos los Arthur del pasado que hay en él y en cuánto de lo que ahora es él hubo en los que fue en algún momento. Y se sorprende al darse cuenta de que en el fondo no hay muchas diferencias, que, tal como no hay dos primeros amores o dos comidas favoritas, tampoco hay más de un Arthur en todos los Arthur de la historia de su vida.

jueves, 2 de agosto de 2012

se pregunta

Mira a su alrededor. Las hojas de las plantas moviéndose, Carnaval que estornuda, sacude la cabeza y vuelve a dormir, el polvo y el humo que flotan entre el proyector y la imagen, el cielo oscuro y las luces de una ciudad infinita que le recuerda la tranquilidad que transmite el mar por la noche. Y se pregunta. Arthur se pregunta cuánto del significado de cada película está en el contexto en el que se la mira. Reflexiona acerca de los raros mecanismos de la sensibilidad personal, relacionando lo que rodea a un espectador con lo que está viendo en la pantalla, que en este caso es la soledad, que con la presencia del perro se vuelve digna, y el frío que trae el viento pampeano después de recorrer kilómetros hasta chocar con una pared blanca que a estas horas de la noche hace de pantalla. Pero también Arthur se da cuenta de lo estúpido de se ser él, que siempre mira las películas solo, quien pretenda sacar una conclusión coherente de cómo la compañía modifica las interpretaciones del film. Entonces piensa en cuánto de elección hay en esa soledad. Arthur quiere ver las películas solo. Pero por qué piensa en que es posible que estar con alguien viendo una película puede llegar a cambiar algo de lo que ve. Y supone que por eso mismo. Vale decir: no parece elegir ver solo la película sino que siente que sólo viéndola solo puede llegar a no distraer la atención, a concentrarse por completo en lo que mira. Sería una especie de espectador ideal. El que se zambulle plenamente en la obra. ¿Pero qué hay, en verdad, ahí? ¿Amor al cine, fracaso, cobardía, puro goce individual, timidez? No lo sabe o, si lo sabe, nunca se lo contestará.
¿Pensarán en eso los que hacen las películas? El único ejemplo que se le viene a la cabeza es el de los directores de películas porno que se venden/descargan en internet. Esos, aunque muy probablemente se equivoquen, es probable que piensen en tipos solos, gozando frente a su computadora. Pero qué pasa con los otros. Las películas que se anuncian para toda la familia, o para ver en familia, a qué familia se refieren. Lo mismo con las que son para niños o prohibidas a menores de dieciocho años. Supongamos que haya realizadores que piensen en el público que verá el film, ¿piensan éstos en cómo verán sus películas estos presuntos espectadores? ¿Lo subjetivo, en la interpretación, es doble: todo el pasado del espectador (lo que vio, pensó, le dijeron, hizo) más el presente, el/los momento/s en que la ve?
Y de tanto prestar atención al contexto, o sea a lo que lo rodea pero sobre todo a sus pensamientos, se da cuenta de que está mirando una película recién cuando ésta termina. Y la experiencia lo cachetea. Consigue a los golpes una respuesta a muchas de las preguntas que se estuvo haciendo durante todo este tiempo, una respuesta que interroga mucho más de lo que contesta, como si el precio de contestarse todas estas preguntas fuera estar dispuesto a enfrentarse a una mayor cantidad de nuevas y más complejas preguntas. Entonces: si una película termina de tener sentido cuando alguien la ve, en este caso el contexto hizo que Arthur encuentre el sentido precisamente en no haberla visto, ya que mientras la veía prestaba atención a otra cosa, sus ojos veían el film pero con su cabeza miraba, se preguntaba, otras cosas.

lunes, 30 de julio de 2012

cosas

Hace varios días que algo –una angustia que le viene desde las tripas- no lo deja ver una película. Sube a la terraza y siempre encuentra otra cosa para hacer. Así se pasa las noches postergando las películas, regando las plantas, preparándose un té tras otro, bañándose, fumando, leyendo revistas y hasta ordenando la casa.
Esta noche, que se propuso ver sí o sí una película, la proyección duró poco. Es que se aburrió a los quince minutos y prefirió escuchar unos tangos con los ojos cerrados, acostado en la terraza, bien abrigado, sabiendo que detrás de los párpados las estrellas celosas lo mirarán quedarse quieto y solo.

viernes, 13 de julio de 2012

mundos

Amanece. Hace cero grados en Buenos Aires. Una arañita camina por el pómulo derecho de Arthur Gómez. La araña no tarda en llegar a su nariz y lo despierta. El humano, que en este caso es Arthur, se pasa varias veces las manos por la cara, como sacudiendo un polvo que no existe, metiéndose los dedos hasta los nudillos en los ojos. Parece borracho. Le cuesta pararse y reconocer la taza que tiene al lado, la terraza que es su casa, la noche que carga en sus hombros. El pasado, una vez más, es algo tan confuso como unas horas de alcohol. Pero lo que fue no es más que un té y millones de cigarrillos.
En la primera mañana, la que es fría y empuja a Arthur hasta su cama, las colillas rebalsan la taza como hormigas que salen del hormiguero y lo que ayer fue reflexión de fracasos o ideas truncadas, hoy es un fracaso más, una idea borrosa de una noche y una película difícil de digerir y una araña acurrucada sobre un congelado azulejo de alguna terraza de la ciudad.

domingo, 24 de junio de 2012

por agua

Desde su terraza no se ve el mar. Hace muchos años que Arthur no ve agua en su hábitat natural. La recuerda como parte de su pasado, en las variantes desnaturalizadas del presente. Con la nostalgia de algunas vacaciones en algún río de Córdoba, algún barco a Uruguay. A veces abre la canilla de la cocina y piensa en que quizás es la misma agua que alguna vez lo vio barrenar en San Bernardo o hacer sapito en algún lago del sur argentino. Le pasa igual que a un tipo que viaja por toda África y cuando vuelve se pone a trabajar en el zoo de la ciudad y desde entonces sólo ve leones encerrados en sus inmensas jaulas. Lo mismo con Arthur pero donde dice leones debe entenderse agua, donde dice zoo: casa, donde dice África: océano, donde dice vuelve: se encierra, etcétera.
Arthur aprendió a disfrutar de las cosas de la vida real a través del cine. En este momento, por ejemplo, cualquiera que lo viera pensaría que es un loco de mierda que prefiere morirse de frío en una terraza en vez de ver la película adentro, metido en la cama o desde el sofá. Pero Arthur (que tiene las manos ocupadas porque está cortando una manzana con un cuchillo, de hoja grande y opaca, de carnicero, con mango blanco, casi un machete, que está muy afilado y que también le sirve como tenedor ya que una vez que corta una rebanada la pincha con la punta del cuchillo y se la lleva a la boca, como si fuera el mismísimo Cocodrilo Dundee), en cambio, se siente navegando.
Y ahora que hablamos de cuchillos y de aguas, pasemos a lo que importa: Anabella. Arthur disfruta de un sábado a la tarde con ella, preparando los sandwichitos de salame, tomate y queso, preguntándole qué vino llevan, discutiendo porque ella le dice no pensarás ir con esa remera a nuestra tarde romántica y él que le contesta que sí, que esa remera le gusta, que así parece marinero y que además es cábala, le trae suerte, que la usó el día en que aprendió a andar en bicicleta, y ella le dice que es un ridículo, que si no se cambia no va, y él le contesta que no importa la remera, importa lo de adentro y Anabella, en la representación que Arthur se hace de este ir a ver el atardecer al medio del océano, le dice sos un tierno, no me importa cómo te vistas, sólo quiero estar con vos. Y Arthur, en la vida real, a años luz de esa situación ilusoria, en su terraza mirando la película, sonríe contento de estar moviéndose al ritmo de las olas, feliz de haber escuchado lo que quería que ella dijera, chocho de estar sentado en la baranda del barco comiendo su manzana. Hasta que se corta el dedo gordo en una rebanada traicionera y del dolor suelta el cuchillo, que cae al suelo y hace un ruido tan fuerte, tan metálico y que retumba tanto en el silencio de la noche, en la serenidad de la casa de Arthur, que hace que éste recuerde que había puesto el agua para hacerse un té y se dé cuenta de que el ruido no era del eco del cuchillo que caía y golpeaba sino de la pava que silva, que va a tener que esperar un poco más porque antes Arthur tiene que pasar por el baño a ponerse una curita en el dedo.