En una de las peores noches de su vida Arthur ve una película animada;
en el sentido de que son dibujitos y no actores, se entiende. Arthur se mira
las pantuflas y piensa en las cosas que lo atan. Se pregunta por qué cuando está
parado en su terraza no comienza a volar, por qué los pies no se le despegan
del suelo, por qué sólo pudo llegar a estar en lo más alto de un edificio y no
en lo más alto de la Tierra. No se da cuenta de la gravedad del asunto, diría
alguien a quien le cae una manzana en la cabeza y queda como drogado de sidra.
Arthur se siente mal. Es como si otra persona apenas más flaca que él estuviera
dentro de su cuerpo, y constantemente le pregunte, desde su interior, cosas que
Arthur no quiere escuchar.
No está enfermo, y eso lo fastidia. No sabe por qué, pero está en una mala
noche. Y quiere encontrar la explicación en dolores físicos que no siente, en
líneas de fiebre que no tiene, en ruidos y olores inexistentes.
Se mete dos dedos en la garganta, intenta sacar al monstruo que habita y retumba en su interior. Vomita. Y antes de que termine la película, se
queda dormido (clavado) en el colchón de la terraza.
domingo, 7 de octubre de 2012
viernes, 5 de octubre de 2012
dos párrafos
Este primer párrafo debería tener una sola oración. Podría ser: muchas
veces no nos damos cuenta de que lo que nos salva la vida es lo mismo que lo
que nos mata. O: nuestro destino, para bien o para mal, está en manos del partero.
O: el que nos da la vida puede quitárnosla. O, por qué no: sólo puede
estar triste quien conoce la felicidad. O: los (elementos, personas, momentos)
dueños de nuestra felicidad son los que deciden sobre nuestra tristeza. O: como
el tipo que decía que había que cuidar el agua y murió de sed o ahogado. O,
también: la clase media se las ingenia para siempre encontrar un drama
donde no lo hay. O: a esta altura no sorprende la debilidad del hombre por lo
metafísico. O: generalmente las boludeces más insólitas son las que regulan los
sentimientos del burgués. O: porque todas las necesidades naturales y
culturales tienen un punto justo. O: porque valoramos las cosas recién
cuando las perdemos. O: nos engañamos a nosotros mismos, cuánto de mentira hay
en cada recuerdo. O: sin la muerte la vida no tendría sentido. O: el ser humano
tiende a hacerse el que no le preocupa el final. O: la histeria es parte de la
condición humana. O: cuesta menos decir fui feliz que estoy contento.
Y Arthur, que ni se imagina todas estas cosas pero que de algún modo las siente, esta noche está llorando porque recuerda y extraña a Anabella.
Y Arthur, que ni se imagina todas estas cosas pero que de algún modo las siente, esta noche está llorando porque recuerda y extraña a Anabella.
martes, 18 de septiembre de 2012
con Carnaval
La pelota pica en el piso, luego en la pared y no vuelve a picar en el
piso. A veces pica una vez en el piso y ya no vuelve a picar. Otras veces no
pica nunca. Arthur tira la pelota una y otra vez. Carnaval corre siempre igual
de cansado, siempre igual de entusiasmado, como perro con una cola larga que se
agita para todos lados. La pelota sale de entre los dientes de Carnaval, que
apenas la deja mira a su dueño sin mover la cabeza, como levantando las cejas.
Aprovecha para tragar. Saca la lengua. Ladra una vez, dos. Arthur lo mira y le
dice: traela acá. Carnaval obedece. La pelota está llena de baba; a Arthur no
le importa, la agarra y la tira. Cada tiro es una persona de esta ciudad,
piensa Arthur. Trata de hacer carambola. La tira alto para que Carnaval la
atrape antes de que toque el suelo. Amaga a tirarla y cuando el animal sale
corriendo la arroja para otro lado. La encesta en una maceta alta. La empuja
levemente, cosa que dé cuatro o cinco vueltas en cámara lenta. La pica un par
de veces. La esconde debajo del colchón. La suelta en el aire y al instante le pega con un palo de escoba. Y siempre –siempre- Carnaval la apresa
y la lleva masticándola hasta las manos de su amo, que le dice “buen chico”
aunque sabe que no es un chico y sabe, al mismo tiempo, que –aunque crezca y ya
pese más de treinta kilos y haya que comprarle una bolsa distinta de comida,
aunque sus colmillos ya midan más de dos centímetros, aunque al moverse con la
torpeza de quien todavía no está acostumbrado a su propio cuerpo se lleve cosas
por delante, aunque si no hay pelota de por medio pueda pasarse días enteros
durmiendo, aunque en cada paseo se quiera montar a todos los de su especie- Carnaval
nunca dejará de ser un niño o más bien un cachorro. Arthur sabe lo que
significan esos lengüetazos, esos golpes con la cola, esos ladridos amistosos.
Y, por sobre todas las cosas, sabe que en ese ir y venir de la pelota, que
parece un gesto tonto e instintivo, se esconde un pacto de confianza y amistad.
Sabe que ahí estará Carnaval, para cuidarlo y protegerlo hasta que la muerte
los separe.
viernes, 24 de agosto de 2012
el mismo de siempre
Todos en algún momento cambiamos radicalmente nuestras vidas (y hacemos
cosas que jamás pensábamos que íbamos a hacer, cosas que quizás antes
repudiábamos, y nos vemos preguntándonos qué pensaría tal si supiera lo que
estoy haciendo ahora, y estamos convencidos de no querer volver hacer lo que
hacíamos) hasta que algo nos retrotrae a eso que fuimos antes del cambio y nos
damos cuenta de que nuestro cambio radical no había sido tan radical. Algo
parecido le pasa a Arthur cuando está viendo Bob, el jugador. En la vida de Arthur hay etapas muy marcadas. A
veces se avergüenza de lo que alguna vez fue. Otras veces recuerda con
nostalgia su infancia. Ahora está confundido, como mareado, rodeado de
nubes grises y negras, un viento que le despeina y enfría los cabellos, Carvanal parado en
la puerta, mirándolo como diciéndole qué hacés todavía ahí, no te das cuenta de
que se está por caer el cielo, con la garúa que comienza a mojar toda la ciudad
como advirtiéndola, por si alguien como Arthur no vio que en todos los noticieros
de la tarde anunciaban alerta meteorológica. En ese clima Arthur piensa en
todos los Arthur del pasado que hay en él y en cuánto de lo que ahora es él
hubo en los que fue en algún momento. Y se sorprende al darse cuenta de que en
el fondo no hay muchas diferencias, que, tal como no hay dos primeros amores o dos comidas favoritas, tampoco hay más de un Arthur en todos los Arthur de la historia
de su vida.
jueves, 2 de agosto de 2012
se pregunta
Mira a su alrededor. Las hojas de las plantas moviéndose, Carnaval que estornuda,
sacude la cabeza y vuelve a dormir, el polvo y el humo que flotan entre el
proyector y la imagen, el cielo oscuro y las luces de una ciudad infinita que le
recuerda la tranquilidad que transmite el mar por la noche. Y se pregunta. Arthur
se pregunta cuánto del significado de cada película está en el contexto en el
que se la mira. Reflexiona acerca de los raros mecanismos de la sensibilidad
personal, relacionando lo que rodea a un espectador con lo que está viendo en
la pantalla, que en este caso es la soledad, que con la presencia del perro se vuelve
digna, y el frío que trae el viento pampeano después de recorrer kilómetros hasta
chocar con una pared blanca que a estas horas de la noche hace de pantalla. Pero
también Arthur se da cuenta de lo estúpido de se ser él, que siempre mira las
películas solo, quien pretenda sacar una conclusión coherente de cómo la
compañía modifica las interpretaciones del film. Entonces piensa en cuánto de
elección hay en esa soledad. Arthur quiere ver las películas solo. Pero por qué
piensa en que es posible que estar con alguien viendo una película puede llegar
a cambiar algo de lo que ve. Y supone que por eso mismo. Vale decir: no parece
elegir ver solo la película sino que siente que sólo viéndola solo puede llegar
a no distraer la atención, a concentrarse por completo en lo que mira. Sería
una especie de espectador ideal. El que se zambulle plenamente en la obra. ¿Pero
qué hay, en verdad, ahí? ¿Amor al cine, fracaso, cobardía, puro goce individual,
timidez? No lo sabe o, si lo sabe, nunca se lo contestará.
¿Pensarán en eso los que hacen las películas? El único ejemplo que se le viene a la cabeza es el de los directores de películas porno que se venden/descargan en internet. Esos, aunque muy probablemente se equivoquen, es probable que piensen en tipos solos, gozando frente a su computadora. Pero qué pasa con los otros. Las películas que se anuncian para toda la familia, o para ver en familia, a qué familia se refieren. Lo mismo con las que son para niños o prohibidas a menores de dieciocho años. Supongamos que haya realizadores que piensen en el público que verá el film, ¿piensan éstos en cómo verán sus películas estos presuntos espectadores? ¿Lo subjetivo, en la interpretación, es doble: todo el pasado del espectador (lo que vio, pensó, le dijeron, hizo) más el presente, el/los momento/s en que la ve?
Y de tanto prestar atención al contexto, o sea a lo que lo rodea pero sobre todo a sus pensamientos, se da cuenta de que está mirando una película recién cuando ésta termina. Y la experiencia lo cachetea. Consigue a los golpes una respuesta a muchas de las preguntas que se estuvo haciendo durante todo este tiempo, una respuesta que interroga mucho más de lo que contesta, como si el precio de contestarse todas estas preguntas fuera estar dispuesto a enfrentarse a una mayor cantidad de nuevas y más complejas preguntas. Entonces: si una película termina de tener sentido cuando alguien la ve, en este caso el contexto hizo que Arthur encuentre el sentido precisamente en no haberla visto, ya que mientras la veía prestaba atención a otra cosa, sus ojos veían el film pero con su cabeza miraba, se preguntaba, otras cosas.
¿Pensarán en eso los que hacen las películas? El único ejemplo que se le viene a la cabeza es el de los directores de películas porno que se venden/descargan en internet. Esos, aunque muy probablemente se equivoquen, es probable que piensen en tipos solos, gozando frente a su computadora. Pero qué pasa con los otros. Las películas que se anuncian para toda la familia, o para ver en familia, a qué familia se refieren. Lo mismo con las que son para niños o prohibidas a menores de dieciocho años. Supongamos que haya realizadores que piensen en el público que verá el film, ¿piensan éstos en cómo verán sus películas estos presuntos espectadores? ¿Lo subjetivo, en la interpretación, es doble: todo el pasado del espectador (lo que vio, pensó, le dijeron, hizo) más el presente, el/los momento/s en que la ve?
Y de tanto prestar atención al contexto, o sea a lo que lo rodea pero sobre todo a sus pensamientos, se da cuenta de que está mirando una película recién cuando ésta termina. Y la experiencia lo cachetea. Consigue a los golpes una respuesta a muchas de las preguntas que se estuvo haciendo durante todo este tiempo, una respuesta que interroga mucho más de lo que contesta, como si el precio de contestarse todas estas preguntas fuera estar dispuesto a enfrentarse a una mayor cantidad de nuevas y más complejas preguntas. Entonces: si una película termina de tener sentido cuando alguien la ve, en este caso el contexto hizo que Arthur encuentre el sentido precisamente en no haberla visto, ya que mientras la veía prestaba atención a otra cosa, sus ojos veían el film pero con su cabeza miraba, se preguntaba, otras cosas.
lunes, 30 de julio de 2012
cosas
Hace varios días que algo –una angustia que le viene desde las tripas- no
lo deja ver una película. Sube a la terraza y siempre encuentra otra cosa para
hacer. Así se pasa las noches postergando las películas, regando las plantas,
preparándose un té tras otro, bañándose, fumando, leyendo revistas y hasta
ordenando la casa.
Esta noche, que se propuso ver sí o sí una película, la proyección duró poco. Es que se aburrió a los quince minutos y prefirió escuchar unos tangos con los ojos cerrados, acostado en la terraza, bien abrigado, sabiendo que detrás de los párpados las estrellas celosas lo mirarán quedarse quieto y solo.
Esta noche, que se propuso ver sí o sí una película, la proyección duró poco. Es que se aburrió a los quince minutos y prefirió escuchar unos tangos con los ojos cerrados, acostado en la terraza, bien abrigado, sabiendo que detrás de los párpados las estrellas celosas lo mirarán quedarse quieto y solo.
viernes, 13 de julio de 2012
mundos
Amanece. Hace cero grados en Buenos Aires. Una arañita camina por el
pómulo derecho de Arthur Gómez. La araña no tarda en llegar a su nariz y lo
despierta. El humano, que en este caso es Arthur, se pasa varias veces las manos por la cara, como
sacudiendo un polvo que no existe, metiéndose los dedos hasta los nudillos en
los ojos. Parece borracho. Le cuesta pararse y reconocer la taza que tiene al
lado, la terraza que es su casa, la noche que carga en sus hombros. El pasado,
una vez más, es algo tan confuso como unas horas de alcohol. Pero lo que fue
no es más que un té y millones de cigarrillos.
En la primera mañana, la que es fría y empuja a Arthur hasta su cama, las colillas rebalsan la taza como hormigas que salen del hormiguero y lo que ayer fue reflexión de fracasos o ideas truncadas, hoy es un fracaso más, una idea borrosa de una noche y una película difícil de digerir y una araña acurrucada sobre un congelado azulejo de alguna terraza de la ciudad.
En la primera mañana, la que es fría y empuja a Arthur hasta su cama, las colillas rebalsan la taza como hormigas que salen del hormiguero y lo que ayer fue reflexión de fracasos o ideas truncadas, hoy es un fracaso más, una idea borrosa de una noche y una película difícil de digerir y una araña acurrucada sobre un congelado azulejo de alguna terraza de la ciudad.
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