Después de las flores que rodean su terraza está el abismo. Literal:
atrás de las plantas y de los arbolitos está la baranda, después de eso termina
el perímetro del edificio y recién decenas de metros más abajo está el suelo,
la vereda. Y simbólico: justó cuando termina toda la vegetación que adorna su
terraza, apenas después de las flores y el verde que son como un grito desesperado
de naturaleza, aparece el contraste más extremo, el rígido y monótono asfalto.
Si uno comenzara a ver una abeja pequeña que está sobre una flor de las tantas
que hay en alguna de las plantas de la terraza, y luego comienza a ampliar el
plano, y ya no sólo ve a la abeja y a la flor, sino también la planta entera y
algunas hojas de las que la rodean, y si seguimos ampliando sin detenernos
veríamos cada vez más plantas, más hojas, más flores hasta que en un momento, repentinamente,
el verde se termina y comienza a verse la calle, la vereda gris, los autos que
pasan y dejan una nube de humo flotando en el aire, la suciedad que se amontona
al lado de un cordón despintado, una calle con caños y estructuras de metal
encima, y –seguimos ampliando- comienza una pared, que puede ser de hormigón o
de ladrillo o en el mejor de los casos de vidrio, un vidrio que es transparente
y que deja ver muebles, paredes, columnas, luces artificiales, o tal vez sólo
cortinas y más cortinas interrumpidas por marcos y aires acondicionados, hasta
que se termina el edificio y comienza una terraza exánime, totalmente desolada,
en la que sólo hay dos o tres antenas y muchos cables, y –si seguimos como una
cámara que desde el cielo estaba filmando a la abeja en la flor de la planta de
la maceta de la terraza de la casa de Arthur Gómez y que hace un rato comenzó a
hacer zoom out- nos encontramos con más edificios o partes de edificios y
terrazas o partes de terrazas, todos iguales entre sí, del mismo color y con
ángulos parecidos, todos atravesados por el hombre, que rompe y vuelve a
construir, para volver a demoler y volver a construir, pensando en el futuro,
en el proceso.
Arthur está parado en su terraza. Mira una película. Tiene una taza de té en su
mano y de entre los labios le cuelga un cigarrillo.
Arthur a veces piensa que el mundo pudo haber sido mejor. Otro. Pero la mayoría
del tiempo se la pasa comiendo, durmiendo o mirando películas en su terraza.
Quiere mucho a sus mascotas y a sus plantas, pero sabe que con eso no alcanza.
Y se resigna, muchas veces se resigna incluso a pensarlo demasiado. Esa noche,
por ejemplo, la idea se le pasa por la cabeza. Apaga el cigarrillo. Qué estoy
haciendo, dice. Y sin detener la película que mira, va hasta donde están todas
sus plantas. Pasa una mano por las hojas, como acariciándolas, mientras tararea
una canción que es parte de la película que continúa proyectándose en la pared. Arthur se
arrodilla y abraza a un arbolito que mide un poco más que un metro. Pareciera
que baila un lento con el tronco. La escena es patética. Arthur no está bien.
viernes, 26 de octubre de 2012
viernes, 19 de octubre de 2012
vuelve a salir
Arthur vuelve a salir a la calle después de mucho tiempo. Tal como el adulto
que vuelve a la casa de su infancia y no la reconoce, Arthur después de abrir
la puerta del edificio siente que se confundió de vereda, que esa calle que
está ahí no es la de su casa, tal vez porque el gobierno de la ciudad cambió
las baldosas, tal vez porque una calle cercana está cortada y ahora él ve pasar
colectivos que nunca pasaron por ahí, tal vez porque la última vez que salió no
había hojas en los árboles. Nadie sabe qué será, pero ver a una niña vestida
con un uniforme de escuela privada que camina agarrando la mano de su madre lo termina
de desconcertar. Está por darse vuelta, cerrar de un portazo y correr al
ascensor, pero un instante antes de enloquecerse reconoce el almacén de Gladis,
enfrente. Ahora adjudica los cambios a algo personal. Piensa que los yuyos que
le puso al té de la mañana pueden tener algo que ver. El frente del almacén
está distinto; las letras con luces rojas, la a inclinada, la i que titilaba,
los caños negros a la vista, fueron cambiados por un cartel que ahora Arthur ve
todo rojo, con letras prolijas en blanco, que dice Lo De Gladis, como el
anterior, pero éste también dice
Coca-Cola un par de veces. La vidriera también está cambiada, por eso Arthur,
después de cruzar la calle, entra con prudencia, como tanteando. Pero al
instante Gladis se le cuelga de los hombros: qué bonita sorpresa, usted por
acá. Arthur le explica que está tratando de cambiar, que no quiere molestarla
más, que de ahora en adelante él irá a buscar los productos hasta ahí, que
muchas gracias pero que ya no necesita que le lleve las compras hasta la puerta
de su departamento. (Hacía meces que los únicos contactos que tenía con Gladis
eran bastante indirectos, cuando él le pagaba: le tiraba la plata por abajo de
la puerta y ella le dejaba la caja con las compras. Se decían dos o tres cosas,
puerta mediante, y nada más.) A Gladis le cae bien que Arthur se haya afeitado para
salir. Cree que tiene algo que ver en esa decisión. Se está dejando los
bigotes, le dice. Pero Arthur se incomoda, contesta sin palabras, moviendo la
cabeza. Y sigue ordenando cosas. Se llena de provisiones como si supiera que se
viene el fin del mundo.
Esa misma tarde sale a la calle, otra vez. Apenas abre la puerta de su casa ve que Gladis lo está saludando desde la puerta de su local. Arthur hace una mueca, un gesto que pretende ser cordial, y se va para el otro lado. Quiere correr por la vereda pero se contiene las ganas. Está con Carnaval. Lo lleva al veterinario, a que le den una vacuna. Sigue pensando en las raras actitudes de la almacenera cuando está frente al veterinario, que le dice: usted es un inconsciente, cómo le va a colocar las vacunas así. Es que la última semana, con tal de no salir de su casa, Arthur le pidió a Gladis que le consiga las vacunas para Carnaval, y sin tener ni idea de cómo ni dónde, él mismo colocó las inyecciones. El veterinario lo vuelve a increpar, le pregunta si lo quería matar. Arthur se pone pálido. Se salvó de milagro, continua el veterinario mientras acaricia la pata del perro, cerca de lo que en los hombres es el antebrazo, lugar en donde Arthur pinchó varias veces en los últimos días. Por suerte todo termina bien, Carnaval debe hacer una dieta estricta para limpiar todas las dosis de mala praxis aplicadas por su dueño.
Arthur vuelve a su casa. Está destrozado, fue un día productivo pero agotador. Duerme una siesta en un sillón y sueña que ve a su perro caminando por el techo. Se despierta cuando ya es de noche y come un pancho que había en la heladera. Sube a la terraza. Encuentra lo de siempre: un colchón tirado en el piso y a su perro encima. Enciende el proyector para ver una película. Perfect day. Se tira al lado de Carnaval, da las primeras pitadas mirando el cielo.
Esa misma tarde sale a la calle, otra vez. Apenas abre la puerta de su casa ve que Gladis lo está saludando desde la puerta de su local. Arthur hace una mueca, un gesto que pretende ser cordial, y se va para el otro lado. Quiere correr por la vereda pero se contiene las ganas. Está con Carnaval. Lo lleva al veterinario, a que le den una vacuna. Sigue pensando en las raras actitudes de la almacenera cuando está frente al veterinario, que le dice: usted es un inconsciente, cómo le va a colocar las vacunas así. Es que la última semana, con tal de no salir de su casa, Arthur le pidió a Gladis que le consiga las vacunas para Carnaval, y sin tener ni idea de cómo ni dónde, él mismo colocó las inyecciones. El veterinario lo vuelve a increpar, le pregunta si lo quería matar. Arthur se pone pálido. Se salvó de milagro, continua el veterinario mientras acaricia la pata del perro, cerca de lo que en los hombres es el antebrazo, lugar en donde Arthur pinchó varias veces en los últimos días. Por suerte todo termina bien, Carnaval debe hacer una dieta estricta para limpiar todas las dosis de mala praxis aplicadas por su dueño.
Arthur vuelve a su casa. Está destrozado, fue un día productivo pero agotador. Duerme una siesta en un sillón y sueña que ve a su perro caminando por el techo. Se despierta cuando ya es de noche y come un pancho que había en la heladera. Sube a la terraza. Encuentra lo de siempre: un colchón tirado en el piso y a su perro encima. Enciende el proyector para ver una película. Perfect day. Se tira al lado de Carnaval, da las primeras pitadas mirando el cielo.
domingo, 7 de octubre de 2012
volar
En una de las peores noches de su vida Arthur ve una película animada;
en el sentido de que son dibujitos y no actores, se entiende. Arthur se mira
las pantuflas y piensa en las cosas que lo atan. Se pregunta por qué cuando está
parado en su terraza no comienza a volar, por qué los pies no se le despegan
del suelo, por qué sólo pudo llegar a estar en lo más alto de un edificio y no
en lo más alto de la Tierra. No se da cuenta de la gravedad del asunto, diría
alguien a quien le cae una manzana en la cabeza y queda como drogado de sidra.
Arthur se siente mal. Es como si otra persona apenas más flaca que él estuviera dentro de su cuerpo, y constantemente le pregunte, desde su interior, cosas que Arthur no quiere escuchar.
No está enfermo, y eso lo fastidia. No sabe por qué, pero está en una mala noche. Y quiere encontrar la explicación en dolores físicos que no siente, en líneas de fiebre que no tiene, en ruidos y olores inexistentes.
Se mete dos dedos en la garganta, intenta sacar al monstruo que habita y retumba en su interior. Vomita. Y antes de que termine la película, se queda dormido (clavado) en el colchón de la terraza.
Arthur se siente mal. Es como si otra persona apenas más flaca que él estuviera dentro de su cuerpo, y constantemente le pregunte, desde su interior, cosas que Arthur no quiere escuchar.
No está enfermo, y eso lo fastidia. No sabe por qué, pero está en una mala noche. Y quiere encontrar la explicación en dolores físicos que no siente, en líneas de fiebre que no tiene, en ruidos y olores inexistentes.
Se mete dos dedos en la garganta, intenta sacar al monstruo que habita y retumba en su interior. Vomita. Y antes de que termine la película, se queda dormido (clavado) en el colchón de la terraza.
viernes, 5 de octubre de 2012
dos párrafos
Este primer párrafo debería tener una sola oración. Podría ser: muchas
veces no nos damos cuenta de que lo que nos salva la vida es lo mismo que lo
que nos mata. O: nuestro destino, para bien o para mal, está en manos del partero.
O: el que nos da la vida puede quitárnosla. O, por qué no: sólo puede
estar triste quien conoce la felicidad. O: los (elementos, personas, momentos)
dueños de nuestra felicidad son los que deciden sobre nuestra tristeza. O: como
el tipo que decía que había que cuidar el agua y murió de sed o ahogado. O,
también: la clase media se las ingenia para siempre encontrar un drama
donde no lo hay. O: a esta altura no sorprende la debilidad del hombre por lo
metafísico. O: generalmente las boludeces más insólitas son las que regulan los
sentimientos del burgués. O: porque todas las necesidades naturales y
culturales tienen un punto justo. O: porque valoramos las cosas recién
cuando las perdemos. O: nos engañamos a nosotros mismos, cuánto de mentira hay
en cada recuerdo. O: sin la muerte la vida no tendría sentido. O: el ser humano
tiende a hacerse el que no le preocupa el final. O: la histeria es parte de la
condición humana. O: cuesta menos decir fui feliz que estoy contento.
Y Arthur, que ni se imagina todas estas cosas pero que de algún modo las siente, esta noche está llorando porque recuerda y extraña a Anabella.
Y Arthur, que ni se imagina todas estas cosas pero que de algún modo las siente, esta noche está llorando porque recuerda y extraña a Anabella.
martes, 18 de septiembre de 2012
con Carnaval
La pelota pica en el piso, luego en la pared y no vuelve a picar en el
piso. A veces pica una vez en el piso y ya no vuelve a picar. Otras veces no
pica nunca. Arthur tira la pelota una y otra vez. Carnaval corre siempre igual
de cansado, siempre igual de entusiasmado, como perro con una cola larga que se
agita para todos lados. La pelota sale de entre los dientes de Carnaval, que
apenas la deja mira a su dueño sin mover la cabeza, como levantando las cejas.
Aprovecha para tragar. Saca la lengua. Ladra una vez, dos. Arthur lo mira y le
dice: traela acá. Carnaval obedece. La pelota está llena de baba; a Arthur no
le importa, la agarra y la tira. Cada tiro es una persona de esta ciudad,
piensa Arthur. Trata de hacer carambola. La tira alto para que Carnaval la
atrape antes de que toque el suelo. Amaga a tirarla y cuando el animal sale
corriendo la arroja para otro lado. La encesta en una maceta alta. La empuja
levemente, cosa que dé cuatro o cinco vueltas en cámara lenta. La pica un par
de veces. La esconde debajo del colchón. La suelta en el aire y al instante le pega con un palo de escoba. Y siempre –siempre- Carnaval la apresa
y la lleva masticándola hasta las manos de su amo, que le dice “buen chico”
aunque sabe que no es un chico y sabe, al mismo tiempo, que –aunque crezca y ya
pese más de treinta kilos y haya que comprarle una bolsa distinta de comida,
aunque sus colmillos ya midan más de dos centímetros, aunque al moverse con la
torpeza de quien todavía no está acostumbrado a su propio cuerpo se lleve cosas
por delante, aunque si no hay pelota de por medio pueda pasarse días enteros
durmiendo, aunque en cada paseo se quiera montar a todos los de su especie- Carnaval
nunca dejará de ser un niño o más bien un cachorro. Arthur sabe lo que
significan esos lengüetazos, esos golpes con la cola, esos ladridos amistosos.
Y, por sobre todas las cosas, sabe que en ese ir y venir de la pelota, que
parece un gesto tonto e instintivo, se esconde un pacto de confianza y amistad.
Sabe que ahí estará Carnaval, para cuidarlo y protegerlo hasta que la muerte
los separe.
viernes, 24 de agosto de 2012
el mismo de siempre
Todos en algún momento cambiamos radicalmente nuestras vidas (y hacemos
cosas que jamás pensábamos que íbamos a hacer, cosas que quizás antes
repudiábamos, y nos vemos preguntándonos qué pensaría tal si supiera lo que
estoy haciendo ahora, y estamos convencidos de no querer volver hacer lo que
hacíamos) hasta que algo nos retrotrae a eso que fuimos antes del cambio y nos
damos cuenta de que nuestro cambio radical no había sido tan radical. Algo
parecido le pasa a Arthur cuando está viendo Bob, el jugador. En la vida de Arthur hay etapas muy marcadas. A
veces se avergüenza de lo que alguna vez fue. Otras veces recuerda con
nostalgia su infancia. Ahora está confundido, como mareado, rodeado de
nubes grises y negras, un viento que le despeina y enfría los cabellos, Carvanal parado en
la puerta, mirándolo como diciéndole qué hacés todavía ahí, no te das cuenta de
que se está por caer el cielo, con la garúa que comienza a mojar toda la ciudad
como advirtiéndola, por si alguien como Arthur no vio que en todos los noticieros
de la tarde anunciaban alerta meteorológica. En ese clima Arthur piensa en
todos los Arthur del pasado que hay en él y en cuánto de lo que ahora es él
hubo en los que fue en algún momento. Y se sorprende al darse cuenta de que en
el fondo no hay muchas diferencias, que, tal como no hay dos primeros amores o dos comidas favoritas, tampoco hay más de un Arthur en todos los Arthur de la historia
de su vida.
jueves, 2 de agosto de 2012
se pregunta
Mira a su alrededor. Las hojas de las plantas moviéndose, Carnaval que estornuda,
sacude la cabeza y vuelve a dormir, el polvo y el humo que flotan entre el
proyector y la imagen, el cielo oscuro y las luces de una ciudad infinita que le
recuerda la tranquilidad que transmite el mar por la noche. Y se pregunta. Arthur
se pregunta cuánto del significado de cada película está en el contexto en el
que se la mira. Reflexiona acerca de los raros mecanismos de la sensibilidad
personal, relacionando lo que rodea a un espectador con lo que está viendo en
la pantalla, que en este caso es la soledad, que con la presencia del perro se vuelve
digna, y el frío que trae el viento pampeano después de recorrer kilómetros hasta
chocar con una pared blanca que a estas horas de la noche hace de pantalla. Pero
también Arthur se da cuenta de lo estúpido de se ser él, que siempre mira las
películas solo, quien pretenda sacar una conclusión coherente de cómo la
compañía modifica las interpretaciones del film. Entonces piensa en cuánto de
elección hay en esa soledad. Arthur quiere ver las películas solo. Pero por qué
piensa en que es posible que estar con alguien viendo una película puede llegar
a cambiar algo de lo que ve. Y supone que por eso mismo. Vale decir: no parece
elegir ver solo la película sino que siente que sólo viéndola solo puede llegar
a no distraer la atención, a concentrarse por completo en lo que mira. Sería
una especie de espectador ideal. El que se zambulle plenamente en la obra. ¿Pero
qué hay, en verdad, ahí? ¿Amor al cine, fracaso, cobardía, puro goce individual,
timidez? No lo sabe o, si lo sabe, nunca se lo contestará.
¿Pensarán en eso los que hacen las películas? El único ejemplo que se le viene a la cabeza es el de los directores de películas porno que se venden/descargan en internet. Esos, aunque muy probablemente se equivoquen, es probable que piensen en tipos solos, gozando frente a su computadora. Pero qué pasa con los otros. Las películas que se anuncian para toda la familia, o para ver en familia, a qué familia se refieren. Lo mismo con las que son para niños o prohibidas a menores de dieciocho años. Supongamos que haya realizadores que piensen en el público que verá el film, ¿piensan éstos en cómo verán sus películas estos presuntos espectadores? ¿Lo subjetivo, en la interpretación, es doble: todo el pasado del espectador (lo que vio, pensó, le dijeron, hizo) más el presente, el/los momento/s en que la ve?
Y de tanto prestar atención al contexto, o sea a lo que lo rodea pero sobre todo a sus pensamientos, se da cuenta de que está mirando una película recién cuando ésta termina. Y la experiencia lo cachetea. Consigue a los golpes una respuesta a muchas de las preguntas que se estuvo haciendo durante todo este tiempo, una respuesta que interroga mucho más de lo que contesta, como si el precio de contestarse todas estas preguntas fuera estar dispuesto a enfrentarse a una mayor cantidad de nuevas y más complejas preguntas. Entonces: si una película termina de tener sentido cuando alguien la ve, en este caso el contexto hizo que Arthur encuentre el sentido precisamente en no haberla visto, ya que mientras la veía prestaba atención a otra cosa, sus ojos veían el film pero con su cabeza miraba, se preguntaba, otras cosas.
¿Pensarán en eso los que hacen las películas? El único ejemplo que se le viene a la cabeza es el de los directores de películas porno que se venden/descargan en internet. Esos, aunque muy probablemente se equivoquen, es probable que piensen en tipos solos, gozando frente a su computadora. Pero qué pasa con los otros. Las películas que se anuncian para toda la familia, o para ver en familia, a qué familia se refieren. Lo mismo con las que son para niños o prohibidas a menores de dieciocho años. Supongamos que haya realizadores que piensen en el público que verá el film, ¿piensan éstos en cómo verán sus películas estos presuntos espectadores? ¿Lo subjetivo, en la interpretación, es doble: todo el pasado del espectador (lo que vio, pensó, le dijeron, hizo) más el presente, el/los momento/s en que la ve?
Y de tanto prestar atención al contexto, o sea a lo que lo rodea pero sobre todo a sus pensamientos, se da cuenta de que está mirando una película recién cuando ésta termina. Y la experiencia lo cachetea. Consigue a los golpes una respuesta a muchas de las preguntas que se estuvo haciendo durante todo este tiempo, una respuesta que interroga mucho más de lo que contesta, como si el precio de contestarse todas estas preguntas fuera estar dispuesto a enfrentarse a una mayor cantidad de nuevas y más complejas preguntas. Entonces: si una película termina de tener sentido cuando alguien la ve, en este caso el contexto hizo que Arthur encuentre el sentido precisamente en no haberla visto, ya que mientras la veía prestaba atención a otra cosa, sus ojos veían el film pero con su cabeza miraba, se preguntaba, otras cosas.
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