lunes, 30 de junio de 2014

números

La vecina de al lado se llama Aurora y tiene más de ochenta años. Es una mujer no tan alta y muy pituca. Una vez por semana una señora va a cortarle el pelo a la casa. Aurora dice que su peluquera, además de ser una maravillosa persona, posee dotes mágicos. Por eso además de entregarle su cabeza, después de que ella le termine de arreglar el pelo, toman té sentadas en el living. Hablan de temas que no les interesan para no entrar en discordia. Clima, fútbol, chismes del mundo del espectáculo. Y para esto, para poder sostener estas conversaciones durante tanto tiempo, a las dos no les queda otra que saber de cada uno de esos temas. Por eso, sólo por eso, Aurora vive con la tele prendida y se baña escuchando la radio. Cuando terminan de tomar el té la peluquera lleva las tazas a la cocina y tiene la obligación de anotar en una pizarra que hay en la heladera seis números de dos cifras. Cuando sale de la cocina Aurora la está esperando en la puerta, le abre y se despiden. No le baja a abrir porque la peluquera tiene llave de abajo.
Arthur no habla mucho con Aurora, y tal vez por eso le caiga bien. Por la culpa de ambos al octavo los vecinos lo llaman el piso de los tocados. Cada vez que se cruzan en el pasillo o en el ascensor hablan de lo mismo: números. Y no porque alguno de los dos sea contador, sino porque mientras Arthur cree en la numerología (y piensa que su vecina tiene algo de bruja), Aurora es una jugadora empedernida. De lunes a jueves la vieja se pasa las noches en el casino. Vuelve a las seis de la mañana, cuando la ciudad se está despertando. El viernes y el sábado se los pasa enteros haciendo cuentas. El domingo juega al Quini, al Loto y al Brinco. Tanto ella como Arthur piensan que en la noche es cuando más se puede pensar, que es en la ausencia de ciudadanos y no en el caos del día donde se percibe la esencia de las ciudades. Son muchas las cosas en las que coinciden, sin embargo cada uno sabe muy poco del otro. Su relación se sostiene a fuerza de los números. Y ambos se sienten bien teniendo eso del otro.
Los dos tienen una actividad nocturna que no pueden dejar. Y los dos tienen un pasado marcado por el dolor y la traición. Por las noches Aurora va al casino y Arthur mira películas, y así ambos intentan construir realidades ajenas en su interior, tratan de escapar de su pasado. Arthur mira una película en la que en una parte un personaje le dice a otro: “Por muy lejos que te vayas, por mucho tiempo que estés afuera, nunca podrás escapar de tu corazón”. Pero en ese momento por prestarle atención a la imagen no llegó a leer los subtítulos. Cuando termina la película Arthur se va de la terraza con más sueño que frío, deja la taza en la pileta de la cocina y cuando va a tirar el saquito de té usado se encuentra con que el tacho está que rebalsa. Sale a tirar la basura y se encuentra con Aurora que está bajando del ascensor. Por los vidrios del pasillo se ve que está amaneciendo. Ella tiene puesto un tapado negro y unos zapatos rojos que brillan, él chancletea las alpargatas y tiene el mismo jogging y el mismo canguro de siempre. Cuando se ven se sonríen. Arthur dice: cero seis, cuarentaidós, setentaicinco. Aurora contesta: Perro, Zapatilla, Payaso. Ambos entran a sus respectivas casas. Se van a dormir después de una noche más en la que a su manera se enfrentaron a eso que nunca van a dejar de ser.

miércoles, 21 de mayo de 2014

la eternidad

Arthur comienza a juntar cajas de cigarrillos como si fueran figuritas. Las imágenes que muestran los paquetes para desalentar el hábito en Arthur generan lo contrario: ahora fuma más. Se compra paquetes y fuma todos los cigarrillos para tener que comprarse otros paquetes y así poder completar el álbum inexistente de imágenes aterradoras de gente muriéndose por culpa del tabaco. La paradoja absoluta llega al extremo: lo único que hoy motiva a la vida de Arthur son las ganas de tener todas esas imágenes y esas imágenes, precisamente, son las que le recuerdan lo cerca que está de la muerte.

sábado, 17 de mayo de 2014

ave fénix

En la madrugada ve una película que trata de un avión que cae en medio del desierto del Sahara y, para sobrevivir, sus pasajeros deciden construir otro, con sus restos.
Ahora es el mediodía posterior y supongamos que en vez de un avión, lo que se cae es el amor y de lo que se trata es armar algo con los deshechos. Ella tiene los codos sobre la mesa, el cuerpo para adelante, la mirada segura. Casi no habla, hace preguntas cortas y concretas. En cambio él, que está enfrente, con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en el respaldo de la silla, parece relajado, habla casi todo el tiempo y a partir de la forma en que mueve las manos y por los gestos que hace con la cara podría decirse que está defendiendo algo de lo que no está muy seguro. Lo que es seguro es que algo muy fuerte pasó entre los dos. Muchos años. Ninguno conoció a otra persona que lo haga tomar la decisión definitiva. Ninguno, en realidad, sabe qué siente por el otro; les gustaría tener un diccionario de sentimientos pero algo como eso no existe. (La atracción es innegable, parecen dos imanes que no se soportan pero se dan cuenta de que siempre algo los va unir, más allá de sus voluntades, y no saben qué hacer con eso, como si poco a poco se van resignando y lo único que hacen es pensar de qué manera sobrevivir, cuál es la mejor manera de pasar la vida juntos. Les cuesta reconocer muchas cosas, pensar en el otro y por eso les cuesta estar juntos, salvarse. O quizás es al revés, y saben que existe algo así como el destino y que ya está escrito que deben estar separados, que no son compatibles, pero son tercos y hacen todo lo posible por intentar de diversas maneras estar juntos. Hay algo que no saben y por eso están la mayoría del tiempo tristes, hay algo que los enriquece y que parece obvio pero de lo que ellos no se dan cuenta: son dos.) En el medio de los dos hay una mesa y un esfuerzo más por seguir juntos, un esfuerzo que se rompe cuando, de repente, como si terminara de escuchar lo que sabía que escucharía, ella se para. Se queda unos segundos mirándolo. Y se va. Después de un rato de inmovilidad, él mira para los costados, se limpia las lágrimas. Le pide la cuenta al mozo con un gesto con la mano, como escribiendo en el aire. Paga y sale corriendo. Dobla en la misma esquina en que Arthur vio perderse a la mujer que antes estaba en la mesa.

jueves, 24 de abril de 2014

sobre el arcoíris

-Estoy cansada de estar sola.
-Todo el mundo está solo (...)
Pero es mejor pensar que no se está solo, aunque se esté, que saber que estás solo todo el tiempo…

Pone un pie en la terraza y se arrepiente. El suelo está caliente, le dio el sol todo el día y ahora parece una plancha después de hacer un churrasco. La luna está espectacular y Arthur prefiere salir a dar un paseo. Carnaval mueve la cola, piensa que va a salir pero su dueño ni piensa en él.
Sale solo a caminar por las veredas vacías del barrio. Camina pensando en la cantidad de líneas que ve. Arthur, sabemos, es un tipo sin muchas ambiciones, por lo que las cosas buenas que le suceden nunca estuvieron premeditadas ni fueron obtenidas gracias a un esfuerzo consciente. Al doblar en la esquina se encuentra con un negro que vive en la calle y eso es algo bueno. El tipo tiene una barba tan blanca que parece encendida. Está sentado en el piso, con la espalda apoyada en una cortina de chapa y por más de que hagan casi treinta grados de sensación térmica en la cabeza tiene puesto un gorrito de lana que no le llega a tapar las orejas. Es mucho más flaco que Arthur y tal vez más viejo, aunque nunca se sabe. Arthur cuando lo ve se detiene, el negro le sonríe y le pregunta si quiere que le cuente una historia. Después de aceptar un cigarrillo, antes de que empiece a contar sobre un bandolonista que él iba a ver cuando era joven, hace muchos años, Arthur ya está sentado a su lado. Un gordo que tocaba para personas que todavía no habían nacido. Arthur sabía de quién se trataba pero igual hacía silencio, se limitaba a escuchar, como debe hacerse cuando habla un viejo. A veces, contaba el negro, se caía de la silla en la que estaba sentado mientras tocaba. Arthur se pasaba la mano por la frente transpirada. El alcohol y las drogas lo arruinaron, una vez vi cómo lo sacaban arrastrándolo del escenario. Arthur seguía sin decir nada, sólo movía la cabeza (pensaba que a él le habían contado otra anécdota del mismo músico: una noche estaba tocando en un lugar donde solía tocar y no recuerda más nada, no recuerda que en un momento alguien de la tribuna dijo algo o no paraba de hablar y él le gritó algo y el otro le contestó, no recuerda qué se dijeron, no recuerda que de repente empezaron a volar sillas y botellas, no recuerda que vino la policía y se los llevó a todos, en un momento se despierta y lo único que reconoce es a su mejor amigo y representante sentado al lado, entonces le pregunta dónde están, en la comisaría, dice el otro, y el músico repregunta: a quién vinimos a sacar). Nació mucho antes de lo que debía, no lo soportó. Arthur mató un mosquito que estaba por picarlo en el brazo. Después de un breve silencio el otro comenzó a decir que lo que a él le fascinaba era viajar como si fuera música, Yo soy el efecto doppler (Arthur no sabía que se refería a cuando un sonido cambia desplazándose), dijo y al reírse perfumó la vereda de vino. Siendo muy joven se había ido de Senegal y recorrió gran parte del mundo, más de 27 países, 3 continentes, 69 ciudades. Soy un turista constante, aclaró, estoy permanentemente de vacaciones. Aunque no lo terminó de entender, a Arthur le gustó eso y se dio cuenta de que él tampoco trabajaba.
Arthur dejó que el otro no hablara por unos minutos y le dijo que se tenía que ir a ver una película en la terraza de su casa antes de que amaneciera. Le contó lo de las películas para demostrarle que él también es un viajero, que él tampoco estaba solo. Pero el negro entendió otra cosa. Le dijo que las terrazas son el punto más alto, pero también son el anteúltimo paso del suicida. También dijo: desde la terraza se ve la ciudad como sobre un arcoíris.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Arthur se llama Arthur

A veces, cuando por las noches toma mucho té y olvida ir al baño antes de acostarse, sueña que lo llaman por teléfono. En el sueño, que en realidad es una pesadilla, Arthur se levanta corriendo de la cama y atiende ansioso. Dice Hola y responden Hola, ¿Arthur Gómez? Y él contesta: Sí, ¿quién habla? Del otro lado se escucha (una voz lejana y convincente): Arthur Gómez. Y cortan. Tal vez cortan los dos a la vez, tal vez alguno de los dos se quede con el tubo en la mano, en silencio, un rato largo. Lo cierto es que la pesadilla no termina ahí. Arthur va al baño a verse al espejo y mojarse la cara. Justo cuando abre la canilla vuelve a sonar el teléfono. Ahí se despierta. Se despierta por dos cosas: 1) porque está sonando el despertador o 2) porque se hizo pis en la cama. 

jueves, 5 de septiembre de 2013

débil

A la tarde aparece una paloma muerta en un rincón de la terraza. Justo al lado de una maceta verde, que le hacía sombra y por eso al principio Arthur no la ve. Estaba tomando un té y disfrutando de los últimos rayos del sol invisibles, ocultos detrás de las nubes grises que cubrían el cielo. De buen humor, Arthur caminaba en su terraza como custodiando algo, como si jugara a ser el sereno de día, que controla un lugar donde nunca pasa nada. Cuando llega al lado de la maceta verde siente algo en el pie. Se asusta, y cuando ve lo que es putea. No sabe si pisar paloma descalzo trae buena suerte, igual putea. La paloma tiene el cuello retorcido, la cabeza casi desprendida del cuerpo. Se da cuenta de que no es una rata por las alas: una está plegada y casi completa de manchas de sangre y la otra, aplastada contra el piso, está abierta y despedazada: lo blanco de las plumas chiquitas se confunde con cartílagos y huesos. Arthur no lo puede creer. Le da asco, pero más fuerte es la intriga. Lo primero que se pregunta es cómo fue que al entrar a la terraza, al estar caminando por ahí (haciendo guardia), no la vio. Pero a esa pregunta se le suma una mucho más trascendental: cómo llegó la paloma a estar ahí, en ese estado.
Oscurece y Arthur todavía está sentado al lado del cadáver tratando de develar los misterios. Calculando el lugar del sol a la hora en que él había subido a la terraza, piensa que tal vez la sombra de la maceta le ocultó el cadáver. Pero después recuerda que durante el día estuvo nublado y que además la sombra no es materia y por lo tanto no tapa nada y entonces descarta esa idea. De todas maneras se para, va hasta la puerta y mira hacia el rincón donde encontró a la paloma muerta. Sigue pensando hasta que no aguanta más. Y entra a la casa. Al rato sale, envuelve el cadáver en un diario, lo entierra en una maceta grande de color blanco, en donde tiene plantado un pequeño limonero, y después baldea la terraza. Cuando termina está cansado y hace frío, pero igual se pone a ver una película.
Unas horas después de haber visto la película, Arthur está en su cama dando vueltas sin poder dormirse. Tiene sueño pero lo inquieta todo lo irresuelto de la cuestión de la paloma. De repente junta coraje, salta de la cama: decide volver a la escena del crimen. Ya en la terraza, al lado de la maceta verde, encuentra rastros de sangre. Pero, cómo puede ser posible, si él había baldeado. Arthur cada vez entiende menos, aunque cada vez hay más pistas. Agarrado de la baranda, se pone a mirar a la ciudad con desconfianza. Prende un cigarrillo. Lo fuma mirando las terrazas vecinas, los cables que cruzan las calles, un letrero luminoso que cambia de color, un papel en la vereda que es el único movimiento. Está concentrado en todas esas cosas cuando escucha un ruido. Se da vuelta: bajo el marco de la puerta aparece Carnaval. El perro mira al dueño con pena pero sin culpa. Arthur está por ir a acariciarlo cuando ve, algo confundido por la oscuridad o el sueño, que en un costado del hocico todavía hay algunas plumas.

viernes, 19 de julio de 2013

las primeras horas

Como siempre, Arthur va y vuelve de su pasado a su presente y de éste a algún otro lado. A través de películas, de la memoria. Ahora que es adulto se da cuenta de que hay muchas maneras de viajar y recuerda cuando era adolescente y decía que lo único que quería era tomarse un avión. A lo largo de su vida tuvo la posibilidad de tomarse varios aviones, de conocer muchos lugares, muchas personas, y sin embargo hace algunas decenas de años eligió pasar el resto de su vida en la terraza de su casa, en las películas que allí proyecta. Nadie sabe si es una buena o una mala elección porque a nadie le importa, porque Arthur no conoce a nadie. Y eso, que es lo que busca refugiándose en su casa, hoy es lo que más le entristece. Arthur puede decir de memoria un diálogo de alguna película italiana de los sesenta, puede enumerar todo el elenco de la película más olvidada, conoce centenares de directores portugueses, pero no se acuerda ningún número de teléfono, prácticamente porque no tiene a quién llamar.
Desde las 00:00hs, en Argentina es el día del amigo. Arthur sólo tuvo dos amigos en su vida: René, que murió hace más de diez años, y Ricardo, al que vio por última vez a los trece años.
Ahora Arthur se acuesta en su terraza, piensa en su infancia y llora porque el recuerdo de su abuela lo emociona, piensa en su juventud y como no recuerda gran cosa, y como está algo cansado porque ya está casi amaneciendo y tiene frío y vio dos o tres veces la misma película, se queda dormido. Después se despierta y todo sigue igual de confuso y contradictorio. Siente placer y rechazo y está no del todo insatisfecho con saber qué le espera al otro día.