Ve en la terraza de su casa una película de Philippe Garrel. No sabe de
dónde salió esa película. Entre mucha distracción hay una escena que le gusta.
El resto es un frío que no se tolera. Arthur toma whisky y se frota las manos.
Pero el viento además de despeinarlo y enfriarle las orejas, mueve las hojas de
sus plantas. Ese ruido es el que lo distrae. No puede pensar más que en los que
comen pochoclos en el cine y hacen ruido. Como muchos que no lo toleran y no se
animan a decirle al que está comiendo que pare de mover las manos, Arthur no
puede hacer nada. Mira la película pero sigue pendiente del ruido que le viene
de atrás y al costado. Casi todo el tiempo está por darse vuelta y pedir
silencio. Toma más whisky, piensa en lo ridículo de decirle a una planta que se
calle. Se pone serio repentinamente, y trata de prestarle atención a la
película.
Piensa en que siempre hay otros que ya lo hicieron. Pasa con cada una de las
cosas. Antes no tenía ese pensamiento. Duda. No sabe si se está poniendo viejo,
si la película es mala o ambas cosas. No sabe qué pasa. Él puede mirar igual
muchas películas pero no puede haber muchas películas iguales. En algunos temas
conviene ver siempre la misma.
Cuando termina la película ya no hay tanto viento y tiene muchas partes del
cuerpo congeladas. Mira para atrás. Las plantas están quietas. Se queda
mirándolas. Brillan porque les da una luz que viene de otro lado. La música
sigue. Con los títulos sube el humo que sale de su boca. Arthur no mueve nada.
La mirada fija en sus plantas. Las hojas no se mueven. Y en medio de esa
quietud monumental se arrepiente, dice: cada momento es único.
martes, 27 de septiembre de 2016
lunes, 29 de agosto de 2016
no pibe
El amor es lo ambiguo, piensa mientras ve una película que cuenta una
historia de amor sin que los protagonistas de den un beso. Ellos quieren tener
muchos bebés pero adentro de su cuerpo sólo hay balas. Ese podría ser el
estribillo de una canción de metal o el argumento de alguna novela post-apocalíptica.
Los huesos, que se les forman a las embarazadas en la panza, acá son los
resabios de las vacas que no sirven ni en las carnicerías. El centro de todo es
la carne. O un arma en las manos de un bebé.
Ellos no son muchas cosas. Y eso es lo que a Arthur más le atrae. Hasta que termina. Y ahí sí son algo. Entonces no le gusta el final. Se le ocurre algo. Mira para los costados, a su alrededor. Su perro no está con él. Hay muchas maneras de estar juntos, piensa Arthur. Y ahí es cuando se le ocurre contarle la película a Carnaval, al otro día, mientras desayuna. Contarle escena por escena. Todos los lugares que aparecen, todas las cosas que se dicen los protagonistas. Cantarle el tema de Manal. Y antes de llegar al final, callarse. Dejar al final flotando en el vacío, como si fuera el silencio que viene después de un disparo.
Ellos no son muchas cosas. Y eso es lo que a Arthur más le atrae. Hasta que termina. Y ahí sí son algo. Entonces no le gusta el final. Se le ocurre algo. Mira para los costados, a su alrededor. Su perro no está con él. Hay muchas maneras de estar juntos, piensa Arthur. Y ahí es cuando se le ocurre contarle la película a Carnaval, al otro día, mientras desayuna. Contarle escena por escena. Todos los lugares que aparecen, todas las cosas que se dicen los protagonistas. Cantarle el tema de Manal. Y antes de llegar al final, callarse. Dejar al final flotando en el vacío, como si fuera el silencio que viene después de un disparo.
miércoles, 2 de marzo de 2016
algo sale mal
Es de noche. Arthur
abraza su taza de té como si fueran todas las aspirinas del mundo. Tiene fiebre
y dolor de garganta. Siente frío en todo el cuerpo a pesar de estar abrigado
como si fuera julio. Sin embargo, no puede dejar su terraza hasta que no
termine la película. Hay algo inexplicable que lo une durante 138 minutos a su
terraza. Ni se le pasa por la dolorida cabeza la posibilidad de irse a la cama
y ponerse una toalla húmeda en la frente. Por más voluntad que ponga, no lo
puede controlar. Y mientras ese imán misterioso ejerce sobre él, el mundo sigue
girando. Si pudiera, Arthur envidiaría a todos los que están por fuera de esa
capsula de tiempo que lo engloba. Pero ni eso puede.
Cuando termina la película
Arthur se para y se queda unos segundos estático, escuchando el piano que
acompaña a los títulos. Después camina unos pasos, se asoma a la ciudad. La
música, su cara, el perro que lo mira desde un costado, todo parece el final de
una película que no tiene nada que ver con la película que acaba de terminar.
Arthur mira a cuatro jóvenes que pasan caminando por la vereda, al ventilador
de un aire acondicionado del edificio de enfrente, a un colectivo que se
detiene para que un auto termine de estacionar. Arthur llega a divisar a la
pareja que está dentro del auto y los nota nerviosos. Antes de que termine la
música que suena de fondo, o sea antes de que se rompa el hechizo, le sorprende
el ruido de un auto que pasa a toda velocidad por una avenida un tanto lejana.
Arthur recuerda que cuando manejaba tenía miedo de que le vengan ganas de
estornudar. De repente deja de sonar Vivaldi y en la realidad explota la
burbuja que encerraba la terraza. Los conductores resfriados son tipos
inconscientes, piensa Arthur en la mayor de las soledades.
lunes, 6 de julio de 2015
correspondencia
El portero le entrega un sobre color rosa en el que no hay
escrito más que su nombre y su apellido. La carta, sin dudas, es para él. Pero
él no la abre, sigue su camino como si se tratara de un volante entregado en
mano prohibido arrojar a la vía pública ley número 260. Lo dobla a la mitad y
lo guarda en el bolsillo de la campera. Su perro tironea y la correa le aprieta
la mano. En el paseo se queda dormido en el banco de una plaza. Una mujer lo
saluda pero él no dice nada. Antes de llegar a su casa en el almacén compra una
botella de agua tónica que se va tomando del pico por la vereda. El perro no quiere
volver al departamento pero no le queda otra, él lo reta, le grita algo, tira de
la correa y entran en el ascensor. Está cansado, entra a su casa y no piensa
más que en dormir. Pero la cama tiene muchas cosas encima y decide dormir en el
sillón del living. Duerme mal. Sueña con una novia que tuvo en la infancia, que
lo trataba mal cuando estaban delante de otros niños. Sueña que esa novia lo
invita a un cumpleaños de ahora, muchos años después pero ella está igual, y se
ríe de él toda la noche delante de amigos y parientes que él no conoce. Se
despierta con dolor de cuello por haber dormido en una mala posición. También
le duele la garganta porque no sólo no se tapó sino que uso la campera que
tenía puesta como almohada. Tiene la boca pastosa. Los pies fríos. Cuando se
pone la campera siente el papel en el bolsillo. Es la carta, el sobre color
rosa. La mira un rato sin abrirla. Ahora no duda, en el sobre su nombre está
escrito con la letra inconfundible de aquella compañerita de la primaria que
apareció en el sueño. Decide tomarse un té y apoya el sobre en la mesada
mientras lo prepara. El sobre sigue cerrado y está arrugado. Piensa en tirarlo
a la basura pero en cambio abre la tabla de planchar con la intención de emprolijarlo.
Después se arrepiente. Vuelve a la cocina, apoya el sobre en la heladera y para
sostenerlo le pone un imán de una veterinaria en el centro. Se lo queda mirando
unos minutos hasta que oye a la pava chillar. Tiene frío y sueño. Sin reflexionarlo
demasiado, casi por instinto decide enfrentar el contenido del sobre en otro
momento y, en cambio, socorrer al agua hirviendo.
domingo, 4 de enero de 2015
sin saber bien por qué
No pegó un ojo
en toda la noche. Cuando amaneció cerró la persiana y se tapó hasta la frente.
Después de media hora se rindió. No podía dormirse y eso le hacía pensar en
todas esas cosas en las que nunca quiere pensar.
Entonces sale de la casa como apurado, como casi todos los que salen de sus casas por esas horas. Camina rápido. Está abrigado de más y se da cuenta apenas sale de su edificio pero no tiene tiempo de volver. Ve al portero de al lado baldeando la vereda, a una anciana con el changuito de las compras, a dos jóvenes que no se hablan, a unos cuantos en una parada de colectivo, a un niño que camina pateando una chapita de cerveza, a un tipo que pasea a su perro sin dejar de mirar su celular. A Arthur le da vértigo estar tan cerca de la gente. Camina unas cuadras con esa sensación y por fin llega a la agencia. Arthur, sin saber bien por qué, alquila un auto.
Sale de la ciudad sin proponérselo. Al principio hay un poco de tránsito pero a los pocos kilómetros todo es mucho más calmo y placentero. Alrededor la llanura es como una cama recién hecha. Arthur disfruta del paisaje, pone la radio y canta gritando las canciones que conoce.
Entonces sale de la casa como apurado, como casi todos los que salen de sus casas por esas horas. Camina rápido. Está abrigado de más y se da cuenta apenas sale de su edificio pero no tiene tiempo de volver. Ve al portero de al lado baldeando la vereda, a una anciana con el changuito de las compras, a dos jóvenes que no se hablan, a unos cuantos en una parada de colectivo, a un niño que camina pateando una chapita de cerveza, a un tipo que pasea a su perro sin dejar de mirar su celular. A Arthur le da vértigo estar tan cerca de la gente. Camina unas cuadras con esa sensación y por fin llega a la agencia. Arthur, sin saber bien por qué, alquila un auto.
Sale de la ciudad sin proponérselo. Al principio hay un poco de tránsito pero a los pocos kilómetros todo es mucho más calmo y placentero. Alrededor la llanura es como una cama recién hecha. Arthur disfruta del paisaje, pone la radio y canta gritando las canciones que conoce.
La primera vez
que se detiene porque tiene que cargar nafta, en la estación de servicio se
encuentra con un auto rojo que ya había visto antes en la ruta. Es un 205 que
está impecable, todo original. Arthur compra en el bar de la estación un café
porque no hay té. Vuelve al camino y comienza a llenar todo el auto con las
migas de las galletitas que come. Mira hacia delante después de sacudirse la
remera y vuelve a ver al auto rojo. Arthur lo pasa y, sin saber bien por qué,
se siente bien al hacerlo. Después de unos kilómetros, la radio que había
puesto comienza a no sintonizarse, y el ruido que sale de los parlantes lo adormece.
Arthur se da cuenta de lo que está pasando y en vez de apagar la radio decide
frenar a comer unas medialunas y a tomar un café con leche en Atalaya (hace mucho
calor pero él se queda parado unos minutos frente al aire acondicionado del
lugar para tomar frío y así disfrutar más el café con leche caliente). Mientras
come ve pasar los autos en la ruta, piensa en que si una hormiga gigante viera
eso desde su inmensidad se sorprendería, creería que los humanos somos
organizados. Después piensa que así como las hormigas llevan hojas que son
mucho más pesadas que su propio cuerpo, los humanos conducimos máquinas que
también lo son, y que entonces tal vez no sea que las hormigas sean súper
fuertes sino que las hojas en sus lomos generan una motricidad especial, y se
pregunta: ¿qué pasaría si me acuesto y me pongo una hoja en la espalda?, ¿y si
me pongo un árbol entero?, y mientras por su cabeza pasan todas esas imágenes
ve que un Peugeot 205 rojo estaciona en la puerta del lugar. Del auto se baja
el mismo tipo que Arthur había visto en la estación de servicio, pero también
se baja una chica que viene con él. Arthur hace memoria: la chica no estaba, no
la recuerda. Entonces se come rápido las dos medialunas que le quedaban. Sale
lo antes posible. Vuelve a la ruta y ya está más tranquilo. Agarra una curva
que parece no terminar. Se divierte leyendo los carteles que están al costado del camino,
rodeados de vacas que buscan un poco de sombra. Le vienen ganas de hacer pis y,
como si estuviera cerca del destino, acelera. Acelera con tanta mala suerte que
después de unos árboles aparece un control policial. Un policía serio, con antejos
de sol, lo hace detenerse. Arthur le explica lo de sus ganas de hacer pis y al
policía le da ternura, entonces, aburrido, le saca conversación. Hablan de
pesca distendidamente. Dónde se puede pescar, qué se saca, cuándo es época, con
qué conviene pescar. Y de repente: por la izquierda pasa el Peugeot rojo. Arthur
mira al conductor, que a su vez lo mira y lo saluda como desafiante; la chica,
a su lado, sonríe. Arthur vuelve a mirar al oficial y le dice que se tienen que
ir. Al policía no le gusta esa actitud, vuelve a la cara de antes y lo despide dejándolo de
tutear y haciéndole el saludo de la venia. Pasan varios minutos hasta que
Arthur vuelve a ver al 205. Está detenido en la banquina. Arthur deja de
acelerar y ve que el tipo está arrodillado a un lado del auto, cambiando una
rueda. Arthur piensa en parar a ayudarlo pero su cuerpo no opina lo mismo: su
pie derecho presiona con más fuerza el acelerador. Sucede lo mismo cuando pasa
por al lado de unos puestitos que venden salame y quesos caseros. El camino
comienza a hacerse menos transitable. Ahora sólo hay una vía de cada mano y en
la ruta hay algunos pozos. Lo único gratificante es el atardecer que se demora
sobre el horizonte. Poco a poco todo el verde que rodea la ruta comienza a tener
otro color. El sol, que está naranja y radiante, comienza a esconderse detrás
de los árboles. Arthur piensa en que en un futuro habrá publicidades
proyectadas en el crepúsculo. Pero el sol de repente cae rápido y es de noche. Todo
se acelera. Empieza a hacer cada vez más frío y sueño y hambre en muy pocos
kilómetros. Por primera vez desde que salió de su casa Arthur se preocupa.
Piensa en dónde va a pasar la noche. Extraña su cocina. Se da cuenta de que no
le podrá dar de comer al perro. Quiere estar en su terraza mirando una película
de vaqueros y en cambio está en una ruta que no conoce, manejando sin saber a
dónde, con hambre y frío.
Sacando el ruido de su auto en la ruta hay una soledad tenebrosa, no hay señales de vida. Ese contexto hace que Arthur, al ver unas luces a lo lejos, piense que se trata de una alucinación. Pero no: a medida que se acerca se ven más nítidas las luces rosas y violetas titilando. Es un parador nocturno rutero, como los que Arthur tanto soñó después de verlos en infinitas películas. Cartel luminoso, administración, estacionamiento en 45º frente a la habitación. Arthur actúa como si supiera, como si todos los días de su vida fueran así: ruta, estación de servicio, ruta, parrilla al paso, ruta, motel…
Arthur vuelve a estar relajado. Se baña y se termina el paquete de galletitas que había empezado en el auto. En la habitación hay una heladerita. La abre y saca una botellita de whisky. La toma sentado en la cama. Piensa en prender la tele pero no encuentra el control. Entonces decide terminarse el whisky leyendo una revista que encontró en la mesita de luz. En la tapa de la revista hay un tipo que en su momento fue famoso y que se casó con una rubia de sonrisa perfecta.
Cuando se levanta de la cama se le cae la revista que tenía en las faldas. Se da cuenta de que se tomó muy rápido el whisky y que ahora está medio borracho. Va al baño. Llena la botellita de whisky con pis. Después la cierra fuerte y la mete en la heladerita. Una luz que entra por la ventana barre toda la habitación. Arthur cierra la heladera y se acerca despacio a la ventana, corre la cortina y ve al 205 rojo estacionando al lado de su auto.
Sacando el ruido de su auto en la ruta hay una soledad tenebrosa, no hay señales de vida. Ese contexto hace que Arthur, al ver unas luces a lo lejos, piense que se trata de una alucinación. Pero no: a medida que se acerca se ven más nítidas las luces rosas y violetas titilando. Es un parador nocturno rutero, como los que Arthur tanto soñó después de verlos en infinitas películas. Cartel luminoso, administración, estacionamiento en 45º frente a la habitación. Arthur actúa como si supiera, como si todos los días de su vida fueran así: ruta, estación de servicio, ruta, parrilla al paso, ruta, motel…
Arthur vuelve a estar relajado. Se baña y se termina el paquete de galletitas que había empezado en el auto. En la habitación hay una heladerita. La abre y saca una botellita de whisky. La toma sentado en la cama. Piensa en prender la tele pero no encuentra el control. Entonces decide terminarse el whisky leyendo una revista que encontró en la mesita de luz. En la tapa de la revista hay un tipo que en su momento fue famoso y que se casó con una rubia de sonrisa perfecta.
Cuando se levanta de la cama se le cae la revista que tenía en las faldas. Se da cuenta de que se tomó muy rápido el whisky y que ahora está medio borracho. Va al baño. Llena la botellita de whisky con pis. Después la cierra fuerte y la mete en la heladerita. Una luz que entra por la ventana barre toda la habitación. Arthur cierra la heladera y se acerca despacio a la ventana, corre la cortina y ve al 205 rojo estacionando al lado de su auto.
viernes, 10 de octubre de 2014
el otro
Arthur sale a comprar frutas y se encuentra con un linyera que hace un
par de semanas atrás le había robado, a través de un truco tonto, cazagiles,
viveza porteña, veinte pesos, veinte pesos de entonces, de los de antes, de los
de hace un par de semanas. Ahora Arthur lo ve comiendo una medialuna en un café.
El tipo se da cuenta de que Arthur lo reconoce. Se miran ventana por medio. El
tipo niega con la cabeza, Arthur entra al bar y cuando lo tiene agarrado del
cuello, cuando está a punto de romperle la nariz de una piña, el tipo le dice “tiene
razón”, le dice “tiene razón” (dos veces) y aprieta los labios y los párpados.
Entonces Arthur lo suelta, balbucea algo y se va. El tipo lo sigue, es rengo,
corre como puede detrás de Arthur hasta que lo alcanza. Cuando llegan a la
verdulería dialogan en armonía. Hasta sonríen cuando el otro habla. Están relajados,
parecen dos amigos que se les antojó tomar un licuado y salieron a comprar
fruta. Arthur habla con el verdulero mientras el linyera se mete cinco o seis tomates
en los bolsillos de su gamulán. Después caminan por la vereda hasta que se
sientan en el banco de una plaza.
Se quedan un rato largo ahí, abrigados por el sol de la tarde. Arthur saca una radio de uno de los bolsillos de la campera y sintoniza el programa de tango que siempre escucha. En la radio primero hablan unas personas de cosas intrascendentes, después se escuchan una serie de publicidades. Unos minutos después empieza a sonar “Negracha”, y Arthur le dice al linyera que es la orquesta de Pugliese, que escuche con atención. Cuando termina el tema, Arthur apaga la radio y sólo se escuchan los autos que pasan por la calle y algunos niños que juegan a pocos metros. Ya no se hablan como en la verdulería. Pareciera como que ya no es necesario hablar, como si todo estuviera dicho. Sin embargo hay algo que a Arthur le incomoda. Con el codo toca apenas al linyera, le pregunta si le gusta el tango. El otro no contesta. Arthur se arrepiente de haber hecho esa pregunta. Lo mira y no tarda en darse cuenta de que el linyera está muerto. Alrededor de ellos los autos siguen pasando y los niños siguen corriendo.
Se quedan un rato largo ahí, abrigados por el sol de la tarde. Arthur saca una radio de uno de los bolsillos de la campera y sintoniza el programa de tango que siempre escucha. En la radio primero hablan unas personas de cosas intrascendentes, después se escuchan una serie de publicidades. Unos minutos después empieza a sonar “Negracha”, y Arthur le dice al linyera que es la orquesta de Pugliese, que escuche con atención. Cuando termina el tema, Arthur apaga la radio y sólo se escuchan los autos que pasan por la calle y algunos niños que juegan a pocos metros. Ya no se hablan como en la verdulería. Pareciera como que ya no es necesario hablar, como si todo estuviera dicho. Sin embargo hay algo que a Arthur le incomoda. Con el codo toca apenas al linyera, le pregunta si le gusta el tango. El otro no contesta. Arthur se arrepiente de haber hecho esa pregunta. Lo mira y no tarda en darse cuenta de que el linyera está muerto. Alrededor de ellos los autos siguen pasando y los niños siguen corriendo.
lunes, 30 de junio de 2014
números
La
vecina de al lado se llama Aurora y tiene más de ochenta años. Es una mujer no
tan alta y muy pituca. Una vez por semana una señora va a cortarle el pelo a la
casa. Aurora dice que su peluquera, además de ser una maravillosa persona, posee
dotes mágicos. Por eso además de entregarle su cabeza, después de que ella le
termine de arreglar el pelo, toman té sentadas en el living. Hablan de temas
que no les interesan para no entrar en discordia. Clima, fútbol, chismes del
mundo del espectáculo. Y para esto, para poder sostener estas conversaciones
durante tanto tiempo, a las dos no les queda otra que saber de cada uno de esos
temas. Por eso, sólo por eso, Aurora vive con la tele prendida y se baña
escuchando la radio. Cuando terminan de tomar el té la peluquera lleva las
tazas a la cocina y tiene la obligación de anotar en una pizarra que hay en la
heladera seis números de dos cifras. Cuando sale de la cocina Aurora la está
esperando en la puerta, le abre y se despiden. No le baja a abrir porque la
peluquera tiene llave de abajo.
Arthur
no habla mucho con Aurora, y tal vez por eso le caiga bien. Por la culpa de
ambos al octavo los vecinos lo llaman el piso de los tocados. Cada vez que se
cruzan en el pasillo o en el ascensor hablan de lo mismo: números. Y no porque
alguno de los dos sea contador, sino porque mientras Arthur cree en la
numerología (y piensa que su vecina tiene algo de bruja), Aurora es una
jugadora empedernida. De lunes a jueves la vieja se pasa las noches en el
casino. Vuelve a las seis de la mañana, cuando la ciudad se está despertando. El
viernes y el sábado se los pasa enteros haciendo cuentas. El domingo juega al
Quini, al Loto y al Brinco. Tanto ella como Arthur piensan que en la noche es
cuando más se puede pensar, que es en la ausencia de ciudadanos y no en el caos
del día donde se percibe la esencia de las ciudades. Son muchas las cosas en
las que coinciden, sin embargo cada uno sabe muy poco del otro. Su relación se
sostiene a fuerza de los números. Y ambos se sienten bien teniendo eso del
otro.
Los dos tienen una actividad nocturna que no pueden dejar. Y los
dos tienen un pasado marcado por el dolor y la traición. Por las noches Aurora
va al casino y Arthur mira películas, y así ambos intentan construir realidades
ajenas en su interior, tratan de escapar de su pasado. Arthur mira una película
en la que en una parte un personaje le dice a otro: “Por muy lejos que te
vayas, por mucho tiempo que estés afuera, nunca podrás escapar de tu corazón”.
Pero en ese momento por prestarle atención a la imagen no llegó a leer los
subtítulos. Cuando termina la película Arthur se va de la terraza con más sueño
que frío, deja la taza en la pileta de la cocina y cuando va a tirar el saquito
de té usado se encuentra con que el tacho está que rebalsa. Sale a tirar la
basura y se encuentra con Aurora que está bajando del ascensor. Por los vidrios
del pasillo se ve que está amaneciendo. Ella tiene puesto un tapado negro y
unos zapatos rojos que brillan, él chancletea las alpargatas y tiene el mismo
jogging y el mismo canguro de siempre. Cuando se ven se sonríen. Arthur dice:
cero seis, cuarentaidós, setentaicinco. Aurora contesta: Perro, Zapatilla,
Payaso. Ambos entran a sus respectivas casas. Se van a dormir después de una
noche más en la que a su manera se enfrentaron a eso que nunca van a dejar de
ser.
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